viernes, 24 de febrero de 2017

Cartas: N° 2

Querida amiga;

Esta mañana mientras caminaba hacia el tren no podía dejar de pensar en la carta del otro día, como si algo de mi hubiese partido junto a ella, permaneciendo en el ambiente tan solo el cálido olor de la vela recién consumida.

Algo de nosotros se queda en cada rincón visitado, en cada experiencia vivida, en cada persona amada y cada persona perdida. Pero nosotros no somos la suma de todas esas partes desparramadas sino justamente lo contrario, es la dispersión acaso azarosa de nuestro ser a lo largo de nuestra vida la que nos constituye en lo que somos hoy. Esos pedacitos nuestros que van desprendiéndose para seguir su propio rumbo sin saberlo, sin quererlo, nos permiten ser nosotros. ¿Sentiste que una parte tuya se quedó en una montaña tal vez, en un viaje o en una larga noche con amigos? A veces podemos llegar a reconocer el lugar y el instante en que ese desprendimiento se produce sin poder hacer nada al respecto, son fuerzas más fuertes que nosotros. La mayoría de las veces, en cambio, no somos conscientes de ello, se producen a nuestras espaldas y en sigilo, y solo notamos que una parte nuestra quedo vagando por ahí cuando algo se despierta repentinamente ante un inocente estimulo: una foto, un olor, una canción, un nombre.


Es lindo salir al encuentro de aquellos que somos conscientes, damos con algo nuestro que andaba perdido y una energía nueva nos invade, un soplido de vitalidad. ¿Nunca lo intentaste? Proba, es una sensación hermosa. Pero también es cierto que no siempre lo que emerja de ese encuentro nos resulte agradable, al menos no en ese exacto momento. Puede ocurrir que esa energía restituida repentinamente sea de una magnitud tal que no la podamos dominar y lo que ella carga nos domina a nosotros. Por unos segundos nos desestabiliza, nos sacuden sensaciones y sentimientos dormidos, olvidados y despertados de su letargo, como ese mail tuyo que leí en el tren. Todo espíritu y energía más poderosa se vuelve con el correr del tiempo. Aun así vale la pena el ejercicio, con la óptica del tiempo todos los hechos adquieren otro cariz.

sábado, 18 de febrero de 2017

Cartas: N° 1

Querida amiga (¿puedo llamarte así?);

Ya son varios los meses que transcurrieron desde que recibiera tu carta, ¿un año tal vez? Las cartas de hoy tienen la particularidad de aterrizar en el vaivén del día de forma imprevista, a contramano a veces, como una repentina lluvia de verano que sale a tu encuentro en la calle sin paraguas. Y no queda más que seguir caminando y mojarse.

Me acababa de sentar en el tren. El cansancio que arrastraba de la jornada laboral fue olvidado en cuanto leí que eras tú la dueña del mail recién ingresado. Lo leí de corrido, con temor, con nostalgia de un tiempo de lavandas y lapachos. Una vez. Dos veces. No me quedo más remedio que una mirada perdida en la ventana esforzándose por no pestañar. Es que no quería precipitar lo que ya se asomaba. Lo único que quise en ese momento fue viajar, teletransportarme -como uno desea cuando es niño- a la soledad de una playa para sentir el peso de cada una de tus palabras posarse sobre mi espalda, trepar por mis hombros y dejar que resuenen en mí con el eco de tu lejana voz. Fue entonces que tuve la certeza de que había algo tuyo grabado dentro mío para siempre.

Querida amiga (no te molesta que te llame así, ¿verdad?), desconozco si me escribiste esperando una pronta respuesta. Es probable que todo aquel que envía una carta la espere, aun aquellos que digan lo contrario. En ese caso te habrás preguntado porque nunca lo hice. Tal vez hasta pudiste sentir bronca, odio, impotencia. -Un cobarde- pensaste. Puede ser, parece una respuesta evidente y no la niego. Siempre me acobarde ante el amor, desde pequeño. Peligroso abismo para andar asomándose, al que uno debe lanzarse sin paracaídas y sin tener idea de qué lo espera debajo. Es como cuando era pequeño y lanzaba muñequitos al vacío desde la ventana de mi cuarto. Para mí, la bolsa a la que iban atados era un perfecto paracaídas, pero solo algunos disfrutaban de un suave descenso. La mayoría -para mi tristeza- se reventaban contra el piso de cemento. Pero ese resultado lo podía conocer una vez lanzados, no antes. Así es como me siento ante el amor, como esos pequeños muñequitos cayendo en paracaídas de nylon.

Muchas vueltas la di a la respuesta, muchas palabras buscadas y nada concreto surgía, nada que llegase ni siquiera un poquito cerca de lo que intentaba decir, de lo que sentía. ¿Es que no fue capaz el ser humano de inventar un lenguaje específico para expresar los sentimientos? Cada respuesta ensayada era destruida con la amargura, la impotencia, de no poder expresarme, de saber que jamás se podrá explicar verdaderamente lo que a uno le ocurre, eso solamente lo sabe uno mismo, lo sabe quién lo siente. Cierto es que podría escribir líneas y líneas buscando dar con aquellas palabras que al menos se acerquen, que llenen una parte del vacío intentando mostrar algo que en realidad quedara siempre oculto para la razón. Fue ahí cuando comprendí que las cuestiones del espíritu huyen a las palabras, que ese vacío tiene un sentido específico y superior: ser penetrado por el espíritu dejando de lado la razón y el pensamiento.


Comprendido esto pude romper ese dique y escribir tranquilo sin intentar explicar lo inexplicable. Simplemente escribir-te. Como habrás adivinado, con estas palabras no intento decir nada, pero tal vez los vacíos que dejo de aquello que exhibo sin decir vallan siendo llenados a cuentagotas por tu espíritu, como piezas de un gran rompecabezas que va siendo completado muy paulatinamente y a lo largo del tiempo que sea necesario.
 Ese es mi deseo para ti.

martes, 14 de febrero de 2017

La Maga

Recostado sobre el enorme tronco de un árbol en Parque Centenario un domingo por la tarde, entre pelotas de niños y partidos de futbol, guitarras batucadas y bandas, ofertas de budines muffins y galletas veganas, parejas amándose y amigos queriéndose, perros corriendo detrás de una felicidad invisible, yoguis haciendo yoga y sanadores imponiendo manos tras el sutil golpe de dos campanitas fui, finalmente, atrapado por la Maga.

martes, 7 de febrero de 2017

Andres Rivera, El verdugo...

Estaba en el tren cuando finalice el libro. Un nudo en el pecho que apretaba hasta el alma después de esa última página. Vamos a aprender juntos, Reedson, sé que así es. Por los millones que se mueren de hambre frente a depósitos rebalsados; por los millones que se cagan de frio mientras el abrigo permanece guardado; por los millones que duermen en las calles llenas de viviendas deshabitadas; por los millones que se mueren de sed mientras el agua aguarda embotellada; por los miles de millones que cada día salen a laburar para ver migajas en sus manos; por los perseguidos encerrados y asesinados. Por todos ellos, Reedson, vamos a aprender. Por todos ellos y por el propio ser humano, antes de que se devore a sí mismo. El verdugo tiene los pies en el umbral, Reedson, y enceguecido se asoma al precipicio creyéndolo su salvación.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Sin titulo

Hace mucho que no escribo. No encuentro la razón, quizá no haya una. Lo curioso es que el paréntesis comenzó en el momento exacto en que hice un curso de escritura. Ahí deje de escribir. No es que no tuviese ideas o cosas en la cabeza que me motivaran a hacerlo, si las había, y las hay, tal vez en exceso. Pero ninguna de ellas fue plasmada.

Y ese paréntesis es cerrado sin una idea concreta. No es que estoy sentado frente a la hoja en blanco con una idea. No no, todo lo contrario, ningún tema del cual hablar, ninguna historia, ningún cuento. Nada. ¿O tal vez si? Reflexionando al respecto quizá el motivo por el cual estoy escribiendo sin motivo sea justamente la necesidad de cerrar ese paréntesis sea del modo que sea.

Les podría hablar del penetrante olor del perfume que tenía puesto la señora que se sentó delante mío en el 365 a las doce de la noche volviendo del teatro a mi casa. De cómo ese olor y no las conversaciones cercanas me distrajo de mi lectura. Olor que aun siento sentado frente a mi notebook mientras escribo, prendido como garrapata a mis fosas nasales. Porque escribo esto después de haber ido al teatro y regresado a mi casa en el 365 sentado detrás de una señora con un perfume penetrante. Pero no, no voy a hablar ni de ella ni de su perfume. Tampoco de la obra de teatro.

Finalizada la obra (el nombre no viene al caso) hice una pasada por el baño de caballeros (no hay cosa que deteste más que esperar el colectivo con ganas de mear, es insoportable). El mismo no tenía luz por algún desperfecto técnico, ya que todo el resto de las instalaciones estaban perfectamente iluminadas. No quedo otra que mear a oscuras (el celular aun lo tenía apagado, así que no pude utilizar su linterna). En esos trámites andaba cuando otra persona ingresa al baño y se pone a mear al lado mío. Lo particular de la situación obligo a intercambiar una serie de comentarios respecto a esta experiencia de hacer pis a oscuras. Y fue ahí que reconocí la voz. El pibe había actuado el día anterior en otra obra que había ido a ver. A la salida del baño continuamos la charla por un rato, sobre su obra, sobre el teatro, sobre mi obra (la charla del baño quedo en la oscuridad). Pero tampoco voy a hablar de eso, solo lo mencionaba como al paso, uste vio.

Las últimas cuatro películas son orientales. Si, cambio de tema bruscamente, ¿y qué? Tres de Miyazaki, japonés, y una de Ki-Duk, surcoreano creo. Podría buscar la información en este momento pero prefiero quedarme con la incertidumbre y la suposición. Me gustaron mucho, las cuatro, otro modo de narrar, otro modo de presentar los personajes, de filmar, otro modo. Las de Miyazaki mantienen una tónica: el vínculo hombre-naturaleza, también suele aparecer mucho la relación del hombre con la tecnología; sus protagonistas suele ser jóvenes (niños y niñas casi siempre). De Ki-duk vi tan solo dos películas pero creo que suele incursionar bastante por los sentimientos, pasiones y deseos más ocultos en el ser humano. Pienso en la palabra pulsiones mientras escribo esto, aunque no sé muy bien que significa calculo que algo tiene que ver.

Podríamos seguir hablando de las últimas conversaciones que escuche en el tren, una entre dos hombres en la cual uno le aconsejaba al otro como encarar el divorcio con su (ex) mujer, que decir, que ocultar, como moverse y toda esa porquería donde la cuestión de fondo (aunque no tan al fondo) es siempre la guita; otra de un pibe hablando con lo que yo supuse que era su novia aconsejándole de un modo un tanto agresivo como encarar la compra de una obra de arte en un remate próximo (los consejos y toda la escena que pintaba eran bastante turbios por cierto, ah, y si, la cuestión de fondo era nuevamente guita); u aquella otra de una señora puteandose con un ex porque no le pasaba la guita de su hijo (que estaba presente). Escrito esto me doy cuenta que los tres tienen la misma preocupación de fondo: plata. Rige nuestras vidas y todas nuestras relaciones. De nuevo el olor del perfume en el 365, ¿lo sienten? ¿Lo huelen? Ya sé que no va a ser el mismo, pero presten atención que seguro aparece. ¿Y? Pero dije que no voy a hablar del perfume, tampoco de estas conversaciones.

No voy a hablar de nada. De hecho me voy a dormir. Sé que no estoy cumpliendo con nada de lo visto en el curso, pero no me importa, estoy cumpliendo con el objetivo que me puse al comenzar: cerrar el paréntesis, aunque sea de un modo patético desde el punto de vista literario. Lo otro que me parece importante es que después de mucho tiempo vuelvo a respetar lo que en sus inicios fue la esencia del blog: escribir lo que se me venga a la cabeza, sin filtro, sin repaso, sin correcciones. Este es uno de esos casos.

domingo, 31 de julio de 2016

Esperas

-Estamos cerrando pibe-dice un gordo de rulos en jeans muy sucios y desgastados al verme revisando los horarios colgados en una pared, justo a la izquierda de las ventanillas para venta de boletos y carga de tarjetas, ambas con el respectivo cartel “cerrado” pintado sobre hojas de cuaderno con birome azul y recubierto con cinta scotch asomándose por la abertura de las transacciones.

–Acaba de pasar uno, ¿no?-pregunto para abrigar de certeza a mi mala suerte en esa noche helada de domingo. Camino a la estación pude ver desde el semáforo de Virrey Vértiz y Juramento la llegada y partida de una formación.

-Sí, ese era el último- responde el gordo de rulos mientras hecha llave a la reja que permitía el acceso al andén. 11:36, leo en la tabla de horarios correspondiente a sábados, domingos y feriados. 11:38, leo en mi celular.

Sin dar lugar a muchos lamentos pegue la vuelta y enfile por Juramento camino a Cabildo a esperar el salvador 60. A esa hora de domingo no iba a tener mucho viaje, todo dependería de cuanto tardara en pasar. Encuentro una parada en Juramento y Vuelta de Obligado. Vacía. Mal indicio, pienso, debe haber pasado uno hace muy poco tiempo. Me apoyo sobre el cartel sin cigarros, sin música, sin libro, sin nada particular que hacer para matar el tiempo más que mirar a los transeúntes de domingos por la noche. Al rato una chica se suma a la misma parada. Algunos comensales en el Freddo de enfrente, gente que entra y sale de la pizzería que esta unos metros más allá de la parada y el esqueleto de una feria que va desapareciendo poco a poco.

Esperar el colectivo no es lo mismo que esperar un tren. En alguna época pudo haber sido algo similar, pero ya no. Con las aplicaciones uno puede planificar sus movimientos, deserciones, alternativas, todo, sabiendo cuanto falta para la llegada de la próxima formación y cuanto le queda hasta su destino. En el caso de los colectivos esto es una verdadera lotería, sobre todo a esas horas de esos días. Al desconocimiento absoluto del horario en que llega el próximo bondi se suma el constante juego emocional de la aparición en la lejanía de las más diversas líneas. Algunas son muy sencillas de identificar por sus llamativos colores como el verde 15. Sin embargo, hay otras que hasta no tenerlas cerca uno no sabe a qué línea corresponde. Y aun pudiendo ser la línea que uno espera puede ocurrir que no sea el ramal correspondiente. Juegan con las esperanzas hasta último momento. Todo genera una diferencia sustancial con la espera del tren. Por esa única vía no puede venir otro que no sea el que uno espera. No obstante, años atrás existía la posibilidad de que sea el tren de los cartoneros que funcionaba pos 2001, años en que los horarios de los trenes lejos estaban de cumplirse, y pocas cosas eran las que se cumplían y el mundo parecía que iba a colapsar… bueno, como ahora, pero hoy al menos te cumplen los horarios y uno ya se puede ir tranquilo a su casa. A ésta época de anarquías temporales me refiero con que era bastante similar la espera de un medio o del otro. La desazón de esos tiempos, la falta de esperanzas, la melancolía de una juventud sin perspectivas de futuro se condensaban en esos minutos de espera… tan larga espera que al final uno no sabía qué era lo que esperaba.

Pero ya no ocurre. La formación que viene es la que uno aguarda e incluso puede verla moverse en vivo y en directo a través de su respectiva aplicación. Hasta donde sé tal cosa no existe aún para los colectivos. Y si existe no tiene difusión. Y si no tiene difusión es porque no funciona. Y si no funciona es porque los colectivos no pueden respetar un horario.

La línea 60 tiene diversos ramales (alrededor de 14 si no me equivoco). Esa noche debo haber visto pasar la mitad de ellos hasta la llegada del indicado. Era un juego con mis sentimientos, con mi paciencia de domingo por la noche hasta los últimos metros, ya que podía identificar la línea por lo menos a una cuadra de distancia gracias a su característico rojo de los carteles y los tonos beige de sus colectivos, pero el cartel más pequeño correspondiente al ramal lo podía leer recién en los últimos metros. Casi estuve por perderlo debido a este hecho y alguna vez lo perdí.

-Mil pesos esa campera de mierda- escucho a mis espaldas. Unos diez minutos antes una pareja en moto había subido por una pequeña abertura que quedaba en el cordón unos metros antes de donde yo me encontraba, entre un gran tacho para tirar cosas plásticas y el poste de la parada. Tras alguna compra en la pizzería tal vez, o quizá en el kiosco que está llegando a la esquina de Cabildo, ahora se aprestaban a bajar a la calle por la misma abertura.

-Ta regulando mal en primera- dice quien parece ser la novia del otro muchacho.

-¿Vos decís? Yo la siento bien-responde-…encima no parece nada abrigada. Tan loco estos tipos, quien carajo se la va a comprar-. La chica al volante baja a la calle, el muchacho se suma al rodado y parten esquivando un recolector de basura que estaba parado frente al semáforo.

Giro hacia la vidriera en búsqueda de la susodicha campera. Total, que otra cosa tenía para hacer en esa espera del 60 por Cabildo. Efectivamente había un escultural maniquí vistiendo una campera tipo Uniqlo. La etiqueta que colgaba tenía dos precios: $ 2000, tachado con una x en fibrón rojo, y abajo decía $ 1090. Vuelvo mi atención hacia Juramento en el momento preciso en que pasa un 60 frente a mí. Por suerte alcance a ver el cartel de Panam 1, pero ese momento podría haber llegado a ser realmente trágico. No ver el cartel hubiese significado una tremenda duda existencial sobre el ramal, un sentimiento de pelotudes muy profundo y peligroso para un domingo a la noche. Una repentina incertidumbre sobre el bondi que me había perdido (o no) hubiese sido cientos de veces más asfixiante y desolador que saber la perdida de aquel que yo esperaba. La certeza sobre una perdida es positiva como tal al margen del dolor que esa pérdida cause si del otro lado se alza la incertidumbre respecto a la misma. La primera nos permite iniciar un periodo de duelo, de lamento, de saberme un pelotudo para así poder empezar a planificar alguna estrategia de superación, de vistas a un futuro que se tiene que asomar casi necesariamente como positivo frente al instante de la desoladora certeza. La incertidumbre nos abraza con la duda más extrema, elimina toda posibilidad de proyección, nos deja en un absoluto impasse e inmovilismo. Ni siquiera nos dejaría la alternativa de consagrar nuestra pelotudes (en este caso la mía) con un –La concha de mi madre, un segundo que miro un cartel y se me pasa el bondi!- nada. Me quitaría hasta la posibilidad de martirizarme. Panam 1, no sabes todo lo que significaste en ese segundo que pasaste frente a mí siendo ya las 0 horas del lunes.

Por suerte nada de esto ocurrió, no fue más que un pequeño sobresalto al ver que tenía frente a mí un beige de números rojo, efímero instante de inquietud al leer el cartel correspondiente al ramal para continuar todo en la más absoluta normalidad. Todo en una fracción de segundos.

-Hambre de mujeres tengo, de mujeeeeeeeres, no de pizza-dice un linyera a otro mientras hecha una mirada poco discreta a la chica que hacía fila atrás mío. Cargaba una bolsita con un paquete en papel gris. Las pizzas, pienso. Caminaban en dirección hacia Libertador, habían recibido esa bolsita de mano de un grupo de amigos que salió de la pizzería en el momento que ellos dos pasaban por la puerta. Frena sorpresivamente, media vuelta y me encara, esa atracción que genero en los vagabundos y que nunca logre comprender. –Eh pibe, de mujeres entendes, no de pizza-repite enojado, como si reclamase que estaba esperando una mujer. –Pizza, birra y faso pibe, eh, ¿la viste? Pizza, birra y faso-me repite mirándome a los ojos. Su amigo se había detenido metros más adelante al notar que estaba caminando solo.

-Si la vi, buena peli-le respondo sin mucho entusiasmo.

-Ah!-es toda lo que expresa mientras volvía a emprender su marcha.

Y otro 60 Panam. Y pasa el tiempo. Y tengo sueño. Y dos skaters que giran desde Obligado hacia Juramento. El sonido de la fricción de las ruedas de las patinetas contra el asfalto es inconfundible. Hermosamente inconfundible. Recuerda a las épocas en que fabricábamos kartings con rulemanes. No es el sonido exacto, el del ruleman es un poco más metálico, más agudo y chillón, pero se alzan sobre la misma melodía. Son dos variantes sobre un mismo tema. Una cuerda atada al asiento de una bicicleta convertía al karting en un vehículo tremendo para cualquier niño. La alternativa cuando no se contaba con una cuerda era ser empujado por las espaldas, aunque está claro que la adrenalina no era la misma. También una cuerda atada a ambas puntas del tren delantero constituía un formidable volante para maniobrar la máquina. Contar con calles en pendiente era una gran ventaja, ya que se podía prescindir tanto del empujón como de la bicicleta. La contrapartida era que el único modo de frenar era lanzándose al asfalto. Siempre me pregunté si todos los kartings que se fabrican de críos contaban con el mismo eficiente sistema de frenado, al fin y al cabo era prácticamente imposible no acabar esas jornadas habiendo pasado por el rayador del cemento.

Pero estos dos skaters se movían con mucha presteza. Esquivaron unos vallados de reparaciones en la esquina, hicieron unos saltos en movimiento (nada superlativo, salto con patineta fija, ninguna voltereta) y continuaron su marcha hasta la altura del Freddo. Ahí detuvieron su andar frente al cordón. Con el mismo movimiento exacto de golpe con pie derecho sobre parte trasera para atajar con mano derecha la parte delantera, subieron a la vereda, lo cual me desilusionó un poco ya que era el momento que esperaba para un gran salto final de escalada pero no hubo nada de eso. Minutos después salieron de la heladería con una bolsita cada uno y volvieron por donde habían llegado.


Cuarenta minutos después de haber perdido el último tren llega el 60 Cabildo. Paso mi tarjeta. Poca gente pero ningún lugar libre. No importa, comienza el tramo final. Tras doblar hacia la avenida y enfilar su trompa apuntando al norte son varios los pasajeros que se disponen a bajar. Ahora sí, asiento y a disfrutar de los nuevos personajes que me acompañan, los que saldrán de escena y los que entraran, como el viejo que a la altura de Vicente López se quiere subir por la puerta trasera que el chofer le cierra justo en la cara y comienza su corrida hasta la delantera a los golpes de los vidrios laterales para que no arranque. Pedido de disculpas por su accionar –es que me baje del que venía atrás, pensé que no me habías visto, y si pierdo este no llego más a mi casa viste-intercambio de palabras amables con el conductor y asunto finalizado.

domingo, 24 de julio de 2016

Ajedrez

Decidieron encontrarse en la plaza, en aquella mesita redonda con un tablero de ajedrez grabado al centro que tantas veces habían usado y compartido. Siempre que podían elegían esa mesita y no otra, a pesar de que hubiese otros tableros repartidos por el parque. Aquella tenia la particularidad de ubicar a ambos de modo tal que tenían a su costado (uno a la izquierda y el otro a su derecha) los juegos de los niños. Pasamanos, subibajas, hamacas y calesitas, todo en movimiento, eran motivo de distracción mutua, a veces en medio de la partida pero generalmente ya finalizada cuando arrancaba la ronda de mates. Llegar a la plaza y que la mesa este ocupada significaba un problema: uno de los dos tendría los juegos a su espalda y el otro de frente. En términos de distracción podría llegar a significar una ventaja en el desarrollo del juego. -¿Qué fue lo que moviste?- era la pregunta que solía irritar en esos casos.

A Laura le gustaban las piezas blancas. Juan optaba por las negras. Jamás intercambiaron los colores, quedo definido de ese modo desde aquella heroica partida ganada por Juan en el momento exacto en que comenzaban a caer las primeras gotas de una lluvia que había amenazado toda la jornada. Pero esa tarde se trataría de otra partida, serian otras las piezas invisibles que se moverían presagiando un último juego sin colores en otra tarde cargada de gris.

Juan llego unos minutos antes de lo hablado y noto a lo lejos que Laura ya estaba allí. La expresión distante de su cara a medida que se acercaba y la ausencia de los mates esperando a sus pies le hicieron saber a Juan que sería una partida muy dura. El frío beso que al fin lo recibió y unas manos que no quisieron salir de los bolsillos de su campera fueron para él una implacable movida de jaque mate que sabia no podría contrarrestar. Toda la estrategia que venía pensando se derrumbo en un suspiro, frágil castillo de arena que quería permanecer erguido ante el avance de la marea.

Comenzó moviendo blancas y no por una cuestión de reglamento. Una avanzada de peones, cruces de alfil en diagonal, caballos que se multiplicaban saltando por el tablero y torres llevándose todo por delante lo dejaron prontamente indefenso. Los turnos de las negras eran fugaces, apenas un intento de replica desorientada, de peones moviéndose al paso que de uno en uno iban siendo dejados a un costado. Ya había comprendido el mensaje, lo inútil de esa tarde, no tenía ganas de atacar con la tangente de sus alfiles antes los giros que preparaba Laura, no esta vez. No utilizaría su enroque ni se parapetaría en sus altas torres desde donde podía repasar lo acontecido en los últimos meses. Pocos niños jugueteando esta tarde, pensó. Tal vez el frio que comenzaba a asomar, tal vez la posibilidad de tormenta, tal vez. Los caballos estaban inmóviles en sus establos observando tristemente como caía su débil línea de avanzada. No había movida ni jugada posible que evitara ese día la derrota. Pero también notó que Laura hacia todo lo posible por estirar, por prolongar la agonía del mate al desprotegido rey llevando innecesariamente la partida a esa instancia en que la corona junto a algunos otros rezagados, más por casualidad que por astucia, huían y daban vueltas por el tablero.

Y así se prolongaba en el tiempo un final anunciado desde el comienzo. Es que el mate al rey tampoco le significaba el triunfo a Laura en esta extraña partida. (Un niño llorando, una madre que acude en su auxilio logran distraerlos momentáneamente para volver a encontrarse frente a un tablero de ajedrez vacío en una mesa vacía.) Ya no mas piezas, ya no mas movimientos. ¿Tablas? Imposible, Juan lo sabía muy bien aunque eso aparentara. Miro al rey, estiro su mano derecha y en lugar de iniciar una nueva huida lo dejo caer sobre el tablero, un golpe seco para quedar mirando un cielo nublado con fondo de cuadros blancos y negros. A escasos centímetros la confundida mirada de una reina blanca ante lo que acababa de suceder. El resto de las piezas parecían igualmente desorientadas, como si no quisiesen el triunfo que acababan de obtener, no era eso lo que buscaban, menos aún de ese modo.


Tras una nueva pausa, Juan comenzó a tomar lentamente sus piezas esparcidas por la plaza: un pelotazo inesperado en la mesita contigua a la calesita y las piezas volando por los aires, un peón que aun permanece perdido desde aquel día, interminables mates en interminables tardes, una torta exquisita compartida en un cumpleaños. Miró a la Laura a los ojos y se marchó sin palabras, tan solo con un gesto de incomprendida despedida. Dio media vuelta y emprendió su caminata por el sendero que llevaba a los juegos de los niños que ya no estaban. Laura se quedó sentada, con el sabor del triunfo más amargo que había experimentado. Frente a ella una mesa redonda por primera vez realmente vacía, un tablero de ajedrez grabado en su centro, una reina blanca inmóvil y un rey yaciendo a sus pies sobre un fondo de cuadros negros y blancos con su mirada perdida en el cielo nublado de la tarde. Una primera gota desprendida lentamente dio contra el tablero. Por suerte la partida ya había terminado.