Recostado sobre el enorme tronco de un árbol en Parque Centenario un
domingo por la tarde, entre pelotas de niños y partidos de futbol, guitarras
batucadas y bandas, ofertas de budines muffins y galletas veganas, parejas
amándose y amigos queriéndose, perros corriendo detrás de una felicidad
invisible, yoguis haciendo yoga y sanadores imponiendo manos tras el sutil
golpe de dos campanitas fui, finalmente, atrapado por la Maga.
martes, 14 de febrero de 2017
martes, 7 de febrero de 2017
Andres Rivera, El verdugo...
Estaba en el tren cuando finalice el libro. Un nudo en el pecho que
apretaba hasta el alma después de esa última página. Vamos a aprender juntos,
Reedson, sé que así es. Por los millones que se mueren de hambre frente a depósitos
rebalsados; por los millones que se cagan de frio mientras el abrigo permanece
guardado; por los millones que duermen en las calles llenas de viviendas deshabitadas;
por los millones que se mueren de sed mientras el agua aguarda embotellada; por
los miles de millones que cada día salen a laburar para ver migajas en sus
manos; por los perseguidos encerrados y asesinados. Por todos ellos, Reedson,
vamos a aprender. Por todos ellos y por el propio ser humano, antes de que se
devore a sí mismo. El verdugo tiene los pies en el umbral, Reedson, y
enceguecido se asoma al precipicio creyéndolo su salvación.
sábado, 10 de diciembre de 2016
Sin titulo
Hace mucho que no escribo. No encuentro la razón, quizá no
haya una. Lo curioso es que el paréntesis comenzó en el momento exacto en que
hice un curso de escritura. Ahí deje de escribir. No es que no tuviese ideas o
cosas en la cabeza que me motivaran a hacerlo, si las había, y las hay, tal vez
en exceso. Pero ninguna de ellas fue plasmada.
Y ese paréntesis es cerrado sin una idea concreta. No es que
estoy sentado frente a la hoja en blanco con una idea. No no, todo lo
contrario, ningún tema del cual hablar, ninguna historia, ningún cuento. Nada.
¿O tal vez si? Reflexionando al respecto quizá el motivo por el cual estoy
escribiendo sin motivo sea justamente la necesidad de cerrar ese paréntesis sea
del modo que sea.
Les podría hablar del penetrante olor del perfume que tenía
puesto la señora que se sentó delante mío en el 365 a las doce de la noche
volviendo del teatro a mi casa. De cómo ese olor y no las conversaciones
cercanas me distrajo de mi lectura. Olor que aun siento sentado frente a mi
notebook mientras escribo, prendido como garrapata a mis fosas nasales. Porque
escribo esto después de haber ido al teatro y regresado a mi casa en el 365
sentado detrás de una señora con un perfume penetrante. Pero no, no voy a
hablar ni de ella ni de su perfume. Tampoco de la obra de teatro.
Finalizada la obra (el nombre no viene al caso) hice una
pasada por el baño de caballeros (no hay cosa que deteste más que esperar el
colectivo con ganas de mear, es insoportable). El mismo no tenía luz por algún desperfecto
técnico, ya que todo el resto de las instalaciones estaban perfectamente
iluminadas. No quedo otra que mear a oscuras (el celular aun lo tenía apagado, así
que no pude utilizar su linterna). En esos trámites andaba cuando otra persona
ingresa al baño y se pone a mear al lado mío. Lo particular de la situación obligo
a intercambiar una serie de comentarios respecto a esta experiencia de hacer
pis a oscuras. Y fue ahí que reconocí la voz. El pibe había actuado el día
anterior en otra obra que había ido a ver. A la salida del baño continuamos la
charla por un rato, sobre su obra, sobre el teatro, sobre mi obra (la charla
del baño quedo en la oscuridad). Pero tampoco voy a hablar de eso, solo lo
mencionaba como al paso, uste vio.
Las últimas cuatro películas son orientales. Si, cambio de
tema bruscamente, ¿y qué? Tres de Miyazaki, japonés, y una de Ki-Duk,
surcoreano creo. Podría buscar la información en este momento pero prefiero
quedarme con la incertidumbre y la suposición. Me gustaron mucho, las cuatro,
otro modo de narrar, otro modo de presentar los personajes, de filmar, otro
modo. Las de Miyazaki mantienen una tónica: el vínculo hombre-naturaleza, también
suele aparecer mucho la relación del hombre con la tecnología; sus
protagonistas suele ser jóvenes (niños y niñas casi siempre). De Ki-duk vi tan
solo dos películas pero creo que suele incursionar bastante por los
sentimientos, pasiones y deseos más ocultos en el ser humano. Pienso en la
palabra pulsiones mientras escribo esto, aunque no sé muy bien que significa calculo
que algo tiene que ver.
Podríamos seguir hablando de las últimas conversaciones que
escuche en el tren, una entre dos hombres en la cual uno le aconsejaba al otro
como encarar el divorcio con su (ex) mujer, que decir, que ocultar, como
moverse y toda esa porquería donde la cuestión de fondo (aunque no tan al
fondo) es siempre la guita; otra de un pibe hablando con lo que yo supuse que
era su novia aconsejándole de un modo un tanto agresivo como encarar la compra
de una obra de arte en un remate próximo (los consejos y toda la escena que
pintaba eran bastante turbios por cierto, ah, y si, la cuestión de fondo era
nuevamente guita); u aquella otra de una señora puteandose con un ex porque no
le pasaba la guita de su hijo (que estaba presente). Escrito esto me doy cuenta
que los tres tienen la misma preocupación de fondo: plata. Rige nuestras vidas
y todas nuestras relaciones. De nuevo el olor del perfume en el 365, ¿lo
sienten? ¿Lo huelen? Ya sé que no va a ser el mismo, pero presten atención que
seguro aparece. ¿Y? Pero dije que no voy a hablar del perfume, tampoco de estas
conversaciones.
No voy a hablar de nada. De hecho me voy a dormir. Sé que no
estoy cumpliendo con nada de lo visto en el curso, pero no me importa, estoy
cumpliendo con el objetivo que me puse al comenzar: cerrar el paréntesis,
aunque sea de un modo patético desde el punto de vista literario. Lo otro que
me parece importante es que después de mucho tiempo vuelvo a respetar lo que en
sus inicios fue la esencia del blog: escribir lo que se me venga a la cabeza,
sin filtro, sin repaso, sin correcciones. Este es uno de esos casos.
domingo, 31 de julio de 2016
Esperas
-Estamos
cerrando pibe-dice un gordo de rulos en jeans muy sucios y desgastados al verme
revisando los horarios colgados en una pared, justo a la izquierda de las
ventanillas para venta de boletos y carga de tarjetas, ambas con el respectivo cartel
“cerrado” pintado sobre hojas de cuaderno con birome azul y recubierto con
cinta scotch asomándose por la abertura de las transacciones.
–Acaba de
pasar uno, ¿no?-pregunto para abrigar de certeza a mi mala suerte en esa noche
helada de domingo. Camino a la estación pude ver desde el semáforo de Virrey Vértiz
y Juramento la llegada y partida de una formación.
-Sí, ese era
el último- responde el gordo de rulos mientras hecha llave a la reja que permitía
el acceso al andén. 11:36, leo en la tabla de horarios correspondiente a sábados,
domingos y feriados. 11:38, leo en mi celular.
Sin dar lugar
a muchos lamentos pegue la vuelta y enfile por Juramento camino a Cabildo a esperar
el salvador 60. A esa hora de domingo no iba a tener mucho viaje, todo dependería
de cuanto tardara en pasar. Encuentro una parada en Juramento y Vuelta de
Obligado. Vacía. Mal indicio, pienso, debe haber pasado uno hace muy poco
tiempo. Me apoyo sobre el cartel sin cigarros, sin música, sin libro, sin nada
particular que hacer para matar el tiempo más que mirar a los transeúntes de
domingos por la noche. Al rato una chica se suma a la misma parada. Algunos
comensales en el Freddo de enfrente, gente que entra y sale de la pizzería que
esta unos metros más allá de la parada y el esqueleto de una feria que va
desapareciendo poco a poco.
Esperar el
colectivo no es lo mismo que esperar un tren. En alguna época pudo haber sido algo
similar, pero ya no. Con las aplicaciones uno puede planificar sus movimientos,
deserciones, alternativas, todo, sabiendo cuanto falta para la llegada de la
próxima formación y cuanto le queda hasta su destino. En el caso de los
colectivos esto es una verdadera lotería, sobre todo a esas horas de esos días.
Al desconocimiento absoluto del horario en que llega el próximo bondi se suma
el constante juego emocional de la aparición en la lejanía de las más diversas
líneas. Algunas son muy sencillas de identificar por sus llamativos colores
como el verde 15. Sin embargo, hay otras que hasta no tenerlas cerca uno no
sabe a qué línea corresponde. Y aun pudiendo ser la línea que uno espera puede
ocurrir que no sea el ramal correspondiente. Juegan con las esperanzas hasta
último momento. Todo genera una diferencia sustancial con la espera del tren.
Por esa única vía no puede venir otro que no sea el que uno espera. No
obstante, años atrás existía la posibilidad de que sea el tren de los
cartoneros que funcionaba pos 2001, años en que los horarios de los trenes
lejos estaban de cumplirse, y pocas cosas eran las que se cumplían y el mundo
parecía que iba a colapsar… bueno, como ahora, pero hoy al menos te cumplen los
horarios y uno ya se puede ir tranquilo a su casa. A ésta época de anarquías
temporales me refiero con que era bastante similar la espera de un medio o del
otro. La desazón de esos tiempos, la falta de esperanzas, la melancolía de una
juventud sin perspectivas de futuro se condensaban en esos minutos de espera…
tan larga espera que al final uno no sabía qué era lo que esperaba.
Pero ya no
ocurre. La formación que viene es la que uno aguarda e incluso puede verla moverse
en vivo y en directo a través de su respectiva aplicación. Hasta donde sé tal
cosa no existe aún para los colectivos. Y si existe no tiene difusión. Y si no
tiene difusión es porque no funciona. Y si no funciona es porque los colectivos
no pueden respetar un horario.
La línea 60
tiene diversos ramales (alrededor de 14 si no me equivoco). Esa noche debo
haber visto pasar la mitad de ellos hasta la llegada del indicado. Era un juego
con mis sentimientos, con mi paciencia de domingo por la noche hasta los últimos
metros, ya que podía identificar la línea por lo menos a una cuadra de
distancia gracias a su característico rojo de los carteles y los tonos beige de
sus colectivos, pero el cartel más pequeño correspondiente al ramal lo podía
leer recién en los últimos metros. Casi estuve por perderlo debido a este hecho
y alguna vez lo perdí.
-Mil pesos esa
campera de mierda- escucho a mis espaldas. Unos diez minutos antes una pareja
en moto había subido por una pequeña abertura que quedaba en el cordón unos
metros antes de donde yo me encontraba, entre un gran tacho para tirar cosas
plásticas y el poste de la parada. Tras alguna compra en la pizzería tal vez, o
quizá en el kiosco que está llegando a la esquina de Cabildo, ahora se
aprestaban a bajar a la calle por la misma abertura.
-Ta regulando
mal en primera- dice quien parece ser la novia del otro muchacho.
-¿Vos decís?
Yo la siento bien-responde-…encima no parece nada abrigada. Tan loco estos tipos,
quien carajo se la va a comprar-. La chica al volante baja a la calle, el
muchacho se suma al rodado y parten esquivando un recolector de basura que
estaba parado frente al semáforo.
Giro hacia la
vidriera en búsqueda de la susodicha campera. Total, que otra cosa tenía para hacer
en esa espera del 60 por Cabildo. Efectivamente había un escultural maniquí
vistiendo una campera tipo Uniqlo. La etiqueta que colgaba tenía dos precios: $
2000, tachado con una x en fibrón rojo, y abajo decía $ 1090. Vuelvo mi
atención hacia Juramento en el momento preciso en que pasa un 60 frente a mí.
Por suerte alcance a ver el cartel de Panam 1, pero ese momento podría haber
llegado a ser realmente trágico. No ver el cartel hubiese significado una
tremenda duda existencial sobre el ramal, un sentimiento de pelotudes muy
profundo y peligroso para un domingo a la noche. Una repentina incertidumbre
sobre el bondi que me había perdido (o no) hubiese sido cientos de veces más
asfixiante y desolador que saber la perdida de aquel que yo esperaba. La
certeza sobre una perdida es positiva como tal al margen del dolor que esa pérdida
cause si del otro lado se alza la incertidumbre respecto a la misma. La primera
nos permite iniciar un periodo de duelo, de lamento, de saberme un pelotudo
para así poder empezar a planificar alguna estrategia de superación, de vistas
a un futuro que se tiene que asomar casi necesariamente como positivo frente al
instante de la desoladora certeza. La incertidumbre nos abraza con la duda más
extrema, elimina toda posibilidad de proyección, nos deja en un absoluto impasse
e inmovilismo. Ni siquiera nos dejaría la alternativa de consagrar nuestra
pelotudes (en este caso la mía) con un –La concha de mi madre, un segundo que
miro un cartel y se me pasa el bondi!- nada. Me quitaría hasta la posibilidad
de martirizarme. Panam 1, no sabes todo lo que significaste en ese segundo que
pasaste frente a mí siendo ya las 0 horas del lunes.
Por suerte nada
de esto ocurrió, no fue más que un pequeño sobresalto al ver que tenía frente a
mí un beige de números rojo, efímero instante de inquietud al leer el cartel
correspondiente al ramal para continuar todo en la más absoluta normalidad.
Todo en una fracción de segundos.
-Hambre de
mujeres tengo, de mujeeeeeeeres, no de pizza-dice un linyera a otro mientras hecha
una mirada poco discreta a la chica que hacía fila atrás mío. Cargaba una
bolsita con un paquete en papel gris. Las pizzas, pienso. Caminaban en
dirección hacia Libertador, habían recibido esa bolsita de mano de un grupo de
amigos que salió de la pizzería en el momento que ellos dos pasaban por la puerta.
Frena sorpresivamente, media vuelta y me encara, esa atracción que genero en
los vagabundos y que nunca logre comprender. –Eh pibe, de mujeres entendes, no
de pizza-repite enojado, como si reclamase que estaba esperando una mujer.
–Pizza, birra y faso pibe, eh, ¿la viste? Pizza, birra y faso-me repite
mirándome a los ojos. Su amigo se había detenido metros más adelante al notar
que estaba caminando solo.
-Si la vi,
buena peli-le respondo sin mucho entusiasmo.
-Ah!-es toda lo
que expresa mientras volvía a emprender su marcha.
Y otro 60
Panam. Y pasa el tiempo. Y tengo sueño. Y dos skaters que giran desde Obligado
hacia Juramento. El sonido de la fricción de las ruedas de las patinetas contra
el asfalto es inconfundible. Hermosamente inconfundible. Recuerda a las épocas
en que fabricábamos kartings con rulemanes. No es el sonido exacto, el del
ruleman es un poco más metálico, más agudo y chillón, pero se alzan sobre la
misma melodía. Son dos variantes sobre un mismo tema. Una cuerda atada al asiento
de una bicicleta convertía al karting en un vehículo tremendo para cualquier
niño. La alternativa cuando no se contaba con una cuerda era ser empujado por
las espaldas, aunque está claro que la adrenalina no era la misma. También una
cuerda atada a ambas puntas del tren delantero constituía un formidable volante
para maniobrar la máquina. Contar con calles en pendiente era una gran ventaja,
ya que se podía prescindir tanto del empujón como de la bicicleta. La
contrapartida era que el único modo de frenar era lanzándose al asfalto.
Siempre me pregunté si todos los kartings que se fabrican de críos contaban con
el mismo eficiente sistema de frenado, al fin y al cabo era prácticamente
imposible no acabar esas jornadas habiendo pasado por el rayador del cemento.
Pero estos dos
skaters se movían con mucha presteza. Esquivaron unos vallados de reparaciones
en la esquina, hicieron unos saltos en movimiento (nada superlativo, salto con
patineta fija, ninguna voltereta) y continuaron su marcha hasta la altura del
Freddo. Ahí detuvieron su andar frente al cordón. Con el mismo movimiento
exacto de golpe con pie derecho sobre parte trasera para atajar con mano
derecha la parte delantera, subieron a la vereda, lo cual me desilusionó un poco
ya que era el momento que esperaba para un gran salto final de escalada pero no
hubo nada de eso. Minutos después salieron de la heladería con una bolsita cada
uno y volvieron por donde habían llegado.
Cuarenta
minutos después de haber perdido el último tren llega el 60 Cabildo. Paso mi
tarjeta. Poca gente pero ningún lugar libre. No importa, comienza el tramo
final. Tras doblar hacia la avenida y enfilar su trompa apuntando al norte son
varios los pasajeros que se disponen a bajar. Ahora sí, asiento y a disfrutar
de los nuevos personajes que me acompañan, los que saldrán de escena y los que
entraran, como el viejo que a la altura de Vicente López se quiere subir por la
puerta trasera que el chofer le cierra justo en la cara y comienza su corrida
hasta la delantera a los golpes de los vidrios laterales para que no arranque.
Pedido de disculpas por su accionar –es que me baje del que venía atrás, pensé
que no me habías visto, y si pierdo este no llego más a mi casa
viste-intercambio de palabras amables con el conductor y asunto finalizado.
domingo, 24 de julio de 2016
Ajedrez
Decidieron
encontrarse en la plaza, en aquella mesita redonda con un tablero de ajedrez
grabado al centro que tantas veces habían usado y compartido. Siempre que
podían elegían esa mesita y no otra, a pesar de que hubiese otros tableros repartidos
por el parque. Aquella tenia la particularidad de ubicar a ambos de modo tal
que tenían a su costado (uno a la izquierda y el otro a su derecha) los juegos
de los niños. Pasamanos, subibajas, hamacas y calesitas, todo en movimiento,
eran motivo de distracción mutua, a veces en medio de la partida pero
generalmente ya finalizada cuando arrancaba la ronda de mates. Llegar a la
plaza y que la mesa este ocupada significaba un problema: uno de los dos
tendría los juegos a su espalda y el otro de frente. En términos de distracción
podría llegar a significar una ventaja en el desarrollo del juego. -¿Qué fue lo
que moviste?- era la pregunta que solía irritar en esos casos.
A
Laura le gustaban las piezas blancas. Juan optaba por las negras. Jamás
intercambiaron los colores, quedo definido de ese modo desde aquella heroica partida
ganada por Juan en el momento exacto en que comenzaban a caer las primeras
gotas de una lluvia que había amenazado toda la jornada. Pero esa tarde se
trataría de otra partida, serian otras las piezas invisibles que se moverían presagiando
un último juego sin colores en otra tarde cargada de gris.
Juan
llego unos minutos antes de lo hablado y noto a lo lejos que Laura ya estaba
allí. La expresión distante de su cara a medida que se acercaba y la ausencia
de los mates esperando a sus pies le hicieron saber a Juan que sería una
partida muy dura. El frío beso que al fin lo recibió y unas manos que no
quisieron salir de los bolsillos de su campera fueron para él una implacable
movida de jaque mate que sabia no podría contrarrestar. Toda la estrategia que
venía pensando se derrumbo en un suspiro, frágil castillo de arena que quería
permanecer erguido ante el avance de la marea.
Comenzó
moviendo blancas y no por una cuestión de reglamento. Una avanzada de peones, cruces
de alfil en diagonal, caballos que se multiplicaban saltando por el tablero y
torres llevándose todo por delante lo dejaron prontamente indefenso. Los turnos
de las negras eran fugaces, apenas un intento de replica desorientada, de
peones moviéndose al paso que de uno en uno iban siendo dejados a un costado. Ya
había comprendido el mensaje, lo inútil de esa tarde, no tenía ganas de atacar
con la tangente de sus alfiles antes los giros que preparaba Laura, no esta
vez. No utilizaría su enroque ni se parapetaría en sus altas torres desde donde
podía repasar lo acontecido en los últimos meses. Pocos niños jugueteando esta
tarde, pensó. Tal vez el frio que comenzaba a asomar, tal vez la posibilidad de
tormenta, tal vez. Los caballos estaban inmóviles en sus establos observando
tristemente como caía su débil línea de avanzada. No había movida ni jugada
posible que evitara ese día la derrota. Pero también notó que Laura hacia todo
lo posible por estirar, por prolongar la agonía del mate al desprotegido rey llevando
innecesariamente la partida a esa instancia en que la corona junto a algunos
otros rezagados, más por casualidad que por astucia, huían y daban vueltas por
el tablero.
Y
así se prolongaba en el tiempo un final anunciado desde el comienzo. Es que el
mate al rey tampoco le significaba el triunfo a Laura en esta extraña partida. (Un
niño llorando, una madre que acude en su auxilio logran distraerlos
momentáneamente para volver a encontrarse frente a un tablero de ajedrez vacío
en una mesa vacía.) Ya no mas piezas, ya no mas movimientos. ¿Tablas?
Imposible, Juan lo sabía muy bien aunque eso aparentara. Miro al rey, estiro su
mano derecha y en lugar de iniciar una nueva huida lo dejo caer sobre el
tablero, un golpe seco para quedar mirando un cielo nublado con fondo de
cuadros blancos y negros. A escasos centímetros la confundida mirada de una
reina blanca ante lo que acababa de suceder. El resto de las piezas parecían igualmente
desorientadas, como si no quisiesen el triunfo que acababan de obtener, no era eso
lo que buscaban, menos aún de ese modo.
Tras
una nueva pausa, Juan comenzó a tomar lentamente sus piezas esparcidas por la
plaza: un pelotazo inesperado en la mesita contigua a la calesita y las piezas
volando por los aires, un peón que aun permanece perdido desde aquel día, interminables
mates en interminables tardes, una torta exquisita compartida en un cumpleaños.
Miró a la Laura a los ojos y se marchó sin palabras, tan solo con un gesto de
incomprendida despedida. Dio media vuelta y emprendió su caminata por el
sendero que llevaba a los juegos de los niños que ya no estaban. Laura se quedó
sentada, con el sabor del triunfo más amargo que había experimentado. Frente a
ella una mesa redonda por primera vez realmente vacía, un tablero de ajedrez
grabado en su centro, una reina blanca inmóvil y un rey yaciendo a sus pies
sobre un fondo de cuadros negros y blancos con su mirada perdida en el cielo
nublado de la tarde. Una primera gota desprendida lentamente dio contra el
tablero. Por suerte la partida ya había terminado.
martes, 19 de julio de 2016
Caprichos
La playa fuera de
temporada se llama Soledad y el viento helado es su mejor portavoz. Acobijado a
sus pies, el poste de una de las torres de guardavidas era el único refugio
para leer y cebarse unos mates. El intermitente sol de frente no abrigaba en
pleno junio como sí lo hacia la campera tipo militar que me cubría, aquella que
mi primo dejara abandonada en su placard tras su regreso de Salta a Buenos
Aires años atrás (paso que yo seguiría tiempo después).
El vértigo de la soledad
puede resultar insoportable para bichos de ciudad, pienso mientras veo a una
familia y amigos instalarse a escasos diez metros de distancia. Un incipiente gazebo
a estrenar y gritos de cuatro niños clavan bandera en la insuficiente
inmensidad de la costa. Extraña tendencia al aglomeramiento, a vivir la vida asomándonos
desde balcones y apretándonos en trenes vacíos. La búsqueda de un semejante completamente
ajeno para sentirme parte integrante del todo que nos rodea. Y el mar… el mar empecinado
en borrar toda huella llevando la escultura al liso casi perfecto de su piel.
¿Por qué tenía que ser acá?
¿Por qué hoy? Pero lo que comenzó siendo una molestia se fue convirtiendo poco
a poco en un show, una suerte de obra teatral montada para un único espectador.
Niños ajenos al frio y a las indicaciones de sus madres iniciaron sus curvas
carreras sin meta ni destino, padres que peleaban infantilmente por la instalación
del gazebo: -¿quién tiene las instrucciones?-, ¿vos no las trajiste?-, -Me las
habías pedido hace un rato cuando bajamos de la camioneta-, -Para mí hay que
tirar más de los parantes-. Los cuatro críos desviaron su carrera hacia el sector
más atrayente y atrapante para cualquier niño: la torre de guardavidas, es
decir, sobre mi cabeza. Yendo de un lado a otro, asomándose por la baranda,
tratando inútilmente de abrir la puerta, los padres comenzaron sus gritos
cruzados de que se bajaran de ahí y buscaran otro lugar para jugar.
Jacinto veni para acá. Fue
la llegada de ese nombre lo que comenzó a darle sentido a toda la escena que se
había desplegado: la presencia de la familia, su estúpida elección del lugar,
el corretear de los niños, el gazebo. Los caprichos del azar, las casualidades,
la indescifrable intersección de múltiples diagonales sobre el plano para
enfrentarnos a lo nuevo y desconocido. La puerta de la incertidumbre. Claro que
existe la posibilidad de que quien estaba de más en ese lugar era yo, no la
familia. La estúpida elección del lugar fue la mía, caído ahí para trastocar el
natural desarrollo de los hechos. Sé que les debe parecer un sinsentido.
Perfectamente podría haber continuado con mis asuntos restándole importancia y que
todo continúe su camino sin sobresaltos. Pero cuando a esa casualidad vino a
sumarse otra ni bien baje mi vista para retomar la lectura se encendieron las
alarmas. Esa conjunción me llamo inmediatamente la atención. Realmente no
quería quedarme ahí y escuchar un -¿Rosario trajiste el tejo?- por nada del mundo,
sabia como continuaba todo, sabía lo que venía después.
-Rosario-, le dije a mi
hermana mientras cocinábamos. Era mi compañera de equipo en ese fin de semana
familiar. Esa noche nos tocaba cocinar a nosotros para lograr los cinco puntos
correspondientes a la mejor comida nocturna. –Rioja-, me retruco ella. Mientras
picábamos verduras para nuestro menú y preparábamos un postre pasábamos el
tiempo con un juego muy simple: partíamos de una palabra, y con su última
silaba el otro debía devolver con otra para dar inicio a un ping pong de palabras
encadenadas por sus silabas. Perdía aquel que erraba en la separación de sus
partes o por no encontrar palabra para retrucar. –Jacinto-, continué yo. No se
porque pensé en Jacinto… no es un nombre que tenga muy presente ni mucho menos.
Jacinto… la última vez que oí ese nombre fue escuchando el tango Jacinto
Chiclana, fines del año pasado. Nunca conocí a un Jacinto. Pero a Rioja le
retruque con Jacinto mientras cortaba unos zucchinis en tiritas, no con Jazmín
o jacaranda o jarabe o jabalí o jabón. Jacinto. Desconozco porque mi hermana
opto por Rioja y no por Riobamba o rionegrino o rioplatense. Claro que no
pensaba en todo esto cuando me recosté sobre el poste en un lugar de la playa
que (ahora lo veo con claridad) había sido elegido para una familia que llegaría
minutos más tarde.
Tras el reclamo de los
padres a sus hijos para que bajaran de ahí y se fueran a jugar a otro lado
retome el libro que tenia entre mis manos en el cuento que me tocaba empezar. Bastaron tres párrafos de la primera página
para enterarme: Flora es riojana. Es una boludes, lo sé, por eso me sonreí y continué
restándole importancia. Pero en mi cabeza resonaban Rioja y Jacinto. No quiero
escuchar Rosario, pensaba mientras intentaba mantener mi atención en la lectura.
Tampoco me interesa leerla. Y Rioja se atreve a aparecer en la primera página
del siguiente cuento. No quiero escuchar Rosario, me seguía repitiendo para mis
adentros.
Cerré el libro. Mire al
grupo de gente que al menos había tenido la discreción de ubicar sus reposeras
un poco más allá del gazebo. Sé que estas ahí Rosario, pero no quiero. No es
por vos, no te lo tomes personal, es por lo que te sigue, lo que te antecede,
todo lo que carga tu presencia. …Rosario-Rioja-Jacinto-… Esas palabras… no puedo.
En un inocente juego habíamos abierto una puerta y nos asomamos a ella. Cuanto
fue lo que vimos y cuanto puedo seguir viendo es lo que me preocupa, me
atemoriza. Esa familia no se instalo ahí por decisión propia, como tampoco lo
hice yo. El libro que tengo en mis manos, escogido entre un montón un mes atrás
y comenzado hace unos días con las pausas exactas para que Rioja aparezca dos
veces en un lapso de media hora junto a Jacinto que corre alrededor mío en la
soledad de una playa a 300 km de casa en un feriado. Sepan disculparme, pero
eso dejo de ser casualidad hace rato Rosario. No, no me mires así. No te quiero
escuchar nombrar, Rosario, es peligroso no solo para mí, para todos.
Dándole la espalda al mar
comencé a alejarme de ese extraño punto de confluencias convencido de que así
las cortaría, escaparía a la caída de la siguiente ficha de ese domino que sin
saberlo venia armando hace rato. Alejarme de ahí, de la familia y no retomar el
libro hasta dentro de unos días, o nunca. Si, mejor así, no retomarlo nunca es
la mejor opción. …Rosario-Rioja-Jacinto… pensaba mientras sorteaba las huellas
de las camionetas que intentaba borrar el viento allí donde no llegaba el mar.
Termine de subir la
pequeña pendiente de arena que funciona a modo de frontera natural con la
playa. Gire apenas para darle una última mirada a la torre, al poste, al gazebo,
la familia. Lentamente fui bajando del otro lado en búsqueda del camino de
regreso a casa, procurando escabullirme silencioso entre las fichas sin
siquiera rosarlas para asomarme a la libertad del otro lado. Pude notar cómo la
temperatura se volvía de a poco más agradable a medida que el viento quedaba
arrinconado en el corredor de la playa. Ese pequeño cambio me tranquilizó, tal
vez todo había sido una exageración mía, habían sido casualidades y nada más que
eso, no había nada de qué preocuparse. A los pocos metros Jacinto ya era
pasado. Rioja estaba encerrado en un libro y todo el resto había quedado a mis
espaldas en la playa borrado por el mar. Lo único que seguía mi andar era el
viento que ahora escapaba a su corredor. Un viento que de a poco entendí no le
podría escapar, no había espalda para darle. Era él quien decidía las huellas
que se borraban. Y en el aturdimiento de su voz, entre sus últimos gritos
empecinados en borrar todo rastro se arrastraba un grito de arena, un nombre
que salió ferozmente a mi encuentro trayendo consigo aquella bestia que me
espera y nos espera agazapada tras matorrales en nuestros apacibles regresos a
la comodidad del hogar.
sábado, 9 de julio de 2016
Saxo
El Saxo tres
puertas azul oscuro de la marca francesa dejaba un surco en la película de agua
que se empecinaba en cubrir la avenida. El limpiaparabrisas enfurecido se
sacaba de encima el agua que chorreaba del cielo y del techo sobre el vidrio
del conductor mientras que desde abajo otros torrentes desafiaban la gravedad y
las estocadas de su obstinado adversario. Adentro todo era calma. El otro saxo,
el que sonaba por los parlantes del auto, era especial para esa noche lluviosa
de regreso a casa. Poco transito y el crepitar de las gotas sobre el techo.
Estiró su mano derecha y tomo el encendedor que acababa de dar su señal con un
disimulado salto. Se encendió un cigarrillo y bajo la ventanilla, lo justo y
necesario como para negociar la salida del humo y sentir apenas el ingreso de
gotas arrastrando aire.
El cansancio
del día desvaneciéndose en la lluvia, en cada bocanada que encuentran sus
labios. Las manos que buscarían la calidez de su espalda bajo el sweater
blanco, bajo la camisa que llevaba esa mañana cuando la beso al salir. La punta
de sus dedos subiendo suavemente a través del sendero indicado hasta llegar a la
encrucijada que sería resuelta en un sutil chasquido y salir, ya sin
obstáculos, al encuentro de su piel morena.
Treinta
segundos indican los números rojos del semáforo. Veinte segundos. El saxo
detenido en la esquina, los dedos golpeteando el volante desabrochan el corpiño
y sus labios descienden por el cuello al ritmo de otro pitada. Diez segundos que
pesan horas en la tranquilidad de esa noche lluviosa. El saxo comienza un
lentísimo andar, inconsciente apuro en esa calma; sus manos buscan un cierre
que los de ella ya encontraron en la oscuridad de su habitación.
Seis segundos.
Un hombre vestido de negro agazapado contra la pared del hall de ingreso a un
banco, en la misma esquina de la que caen a cuenta gotas los números rojos que
pronto serán verdes en un fugaz amarillo de dos cuerpos que se desnudan y
fluyen con la lluvia.
Las anteojeras
de la noche y la ferocidad del limpiaparabrisas que confunden un simple
paraguas tomado entre dos manos apuntando hacia abajo. El susto que presiona el
acelerador antes de entender la confusión. El saxo que penetra en la avenida
con los primeros gemidos de su mujer buscando su oído. Dos cuerpos confusos en
la oscuridad perdiéndose en el aire, en el agua, para encontrarse en la ceguera
del tacto. La mano que tantea el tablero para bajar el volumen y tomar un
respiro tras el absurdo desconcierto y un semáforo que recién se atreve a su
amarillo ante un público indignado que ya abandono sus ubicaciones. La mano que
encuentra la piel erizada de sus pechos en la profundidad del océano y comienza
a tejer su fina geografía.
El
desconcierto que no deja un instante de concertar sus hilos en esa esquina a
pesar de los susurros de la habitación. El cruce perfecto, calibrado, esperado
pacientemente como quien responde a un plan divino que se impone, de un perro
indiferente a la lluvia y a la noche y al tiempo y al tránsito en una infantil búsqueda
de la nada. El limpiaparabrisas que no detiene su sincronizado andar de
anteojeras, la tensión del día que emerge proyectándose en un instante en el
pedal central y un volantazo. Sus manos sosteniendo firmemente el volante, sus
dedos hundiéndose en el cuerpo de su mujer en un gesto final antes de lanzarse
al vacío. La camioneta blanca de frente que alcanza a frenar con su propio
volantazo. El asfalto mojado ahoga el chirrido de los neumáticos como queriendo
evitar interrumpir el concierto de gotas. Un hombre con un paraguas que alcanza
a ver todo desde una esquina parapetado en el hall de un banco. El cálido saxo que apaga a su vez el grito de la mujer que apareció fugazmente descendiendo
de su vehículo tras un nuevo paso del limpiaparabrisas para desaparecer un
instante después.
Un saxo que se
apaga, dos manos de otoño que se desprenden de ese cuerpo de mujer para yacer paralelas
e inertes en el eterno invierno que se avecina. Una contracción suspendida en
el aire, en un tiempo ahora vacío en el que ya no tienen sentido los números rojos,
ni los verdes, ni los amarillos. Tiempo que se desvanece en una mirada perdida
en un espejo, que en un último gesto intenta inútilmente volver a esa habitación
que creía lo único real hasta ese instante en que fue arrebatada. Un vacío que será
llenado por otro mucho más profundo cuando llegue ese llamado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)