Te levantas.
Ducha. Te pasan a buscar. Suena Dylan. Feria de antigüedades. Dan un par de
vueltas. Suena Creedence. Se preparan algo para almorzar. Terminan de almorzar.
Puerto de frutos. Suena Marley. Un par de vueltas. Compran unos plantines.
Mates en las escaleras sobre el rio. Mate con bollo en las escaleras sobre el
rio. Se van. Arman un cantero y una huerta. Suena Cash. Birra. Narguile. Birra.
Comida. Es tarde. Las Pelotas. Estas cansado. Peli o a dormir directo. Che me
comentaron de una obrita de teatro muy piola. Abren Facebook. La obra es hoy. La
obra es hoy dentro de una hora. Terminan la birra. Arman uno para el camino.
Auto. Zeppelin. Autopista. Auto. Humo. Llegan. Compran tres entradas. Al
tercero se lo levanto justo antes de autopista. Arranca en media. Sale
submarino. Fat Freddy´s. Vuelven al Espacio Sísmico. Unos minutitos para la
Era. Un metegol en el camino. Un par de goles. Sala casi llena. Arranca la Era.
El Rey León. El emo. El torero. El hippie. Risas. Risas. Muchas risas. Los científicos.
Más risas. Te secas las lágrimas. Mortal Kombat. Más risa-lagrima. Termina.
Dato de fiesta. Auto a la fiesta. Gente que no te cabe en la entrada. 150 p la
entrada. Nos vemos en el corso. Pegan la vuelta. Auto. Autopista. Calle. Se
desorientan por no creerle a la gallega. Calle. Autopista. Casa. A dormir. Buenos
Aires.
domingo, 4 de octubre de 2015
miércoles, 22 de julio de 2015
Chiquitere
Bondi camino al centro, 5B si mal no recuerdo. Bajaba la velocidad llegando a la Av. Entre Ríos, íbamos por la Mitre. Alguien había tocado el timbre para esa parada. Bastante rebalsado estaba el asunto. Una mujer a mis espaldas hablaba por celular. Yo parado mirando hacia el colegio Belgrano. Esa misma mujer dijo algo, o entono de tal manera alguna frase, que instantáneamente emergió de los rincones más recónditos de la memoria una canción. Canción noventonsa, pero de la cual no sabía ni su autor ni su nombre. Me moría de risa por la canción y por el momento en que decidió regresar a mi consiente, el cual escudriñaba en el baúl tratando de dar con la letra. Tenía el tarareo del famoso estribillo, pero hasta ahí nomás. “Esta pelotudes voy a escribirla”, pensé.
Unas cuadras después, cuando me tocaba bajar a mí, ya me había olvidado de todo. Esto habrá sido una semana atrás del momento en que estoy escribiendo esto. Cuando me senté a escribir lo hice pensando en redactar cualquier otra cosa, de hecho quedaron algunas por ahí a medio empezar. Fue ahí que volvió la canción reclamándome su espacio. En realidad no fue la canción, sino que me acorde de lo que me había pasado en el cole, de la mujer con el celular, que algo dijo, y ese algo me llevo a una canción. Y ahora, cuando me acuerdo de todo eso y quiero escribirlo, se me borro por completo que tema era el que había aparecido. Ni melodía, ni estribillo, ni ritmo, nada. Cinco minutos de esfuerzo, y nada.
Cuando la ansiedad comenzaba a asomar, se me ocurrió buscar por google. “Grandes canciones en español de los 90”, le escribo al tío, y hago click en la primer entrada que me devuelve, titulada “Las 100 grandes canciones de los 90 en español”. Para mi asombro, la fuente es Wikipedia. Parece que hace no mucho tiempo hubo un programa con ese nombre, de que trataba no hace falta decírselos. “Bueno”, me digo, “a ponerse a leer los nombres, quizá alguno me vuelva a detonar ese recuerdo”. Y así comencé a repasar el ranking, programa por programa. Así llegue, por el VH1 norte (¿?), encabezando la lista del 3° programa, en el puesto sesenta... Chiquitere, de Rafa Villalba, de 1996. Ese fue el maldito tema que todavía no sé porque apareció aquella tarde en el bondi.
Revisen la lista de ese programa, sobre todo la lista de la sección VH1 sur (¿?), no tiene desperdicio. Vallan, pasen, vean, escuchen, y dense con una dosis de nostalgia musical.
martes, 14 de julio de 2015
Flor de Lino
El suave andar del tren se hacia
uno con la somnolencia que ganaba mis parpados. Si no me encontraba ya dormido,
era tan solo porque viajaba parado. Aunque no estaba lleno, no había asientos vacíos.
El suave y monótono andar era apenas interrumpido por el murmullo de alguna pareja
charlando, algunos vendedores que pasaban y la voz femenina que anuncia las
estaciones por altoparlante. Si uno ponía mucha atención, también se podía sentir
algún headphone reventando oídos. El aire era pesado, pero no sofocante.
Afuera, un cielo gris cubría la ciudad. –En cualquier momento, lluvia-, pensé. –Usted
está en estación Acassuso-, oigo decir a la voz, -próxima estación…- Esperanza,
digo para mis adentros, recordando el viejo disco de Manu Chao e invitando a
sus acordes y soniditos a subirse a mi tren.
Pero la música de mis recuerdos es desplazada por el resgueo de una guitarra y el aire silbante de un bandoneón que irrumpieron en la
escena. La melodía de Flor de Lino se abre paso esquivando gente, asientos,
bastones y paraguas, rompiendo la monotonía del ambiente. Con la mirada recorro
el camino inverso buscando a los benditos responsables. Mitad del vagón, un
joven de boina con la guitarra criolla colgada, y una señorita sentada con el bandoneón
en su regazo. El sueño bajó en Acassuso. La magia citadina se apodera del vagón,
los murmullos se interrumpen, los tres chocolates por diez pesos que esperan su
entrada también disfrutan del momento. El impertérrito altoparlante es el única osado en levantar la voz por sobre la marea de lino. La misma que instantes después me saca de mi estupor.
Lentamente desciendo del tren abandonando la burbuja espacio-temporal en que me había zambullido.
Parado frente a él, oigo los últimos acordes tras la puerta que se cierra. Doy la vuelta, y subo las escaleras de la pasarela para cruzar al otro andén. El
tren, ahora momentáneamente debajo de mí, reanuda su camino, a su próxima estación.
-¿Qué tema seguiría en el repertorio?-, me pregunto. -Cual será mi próximo tema…-,
me replica otra voz. Flor de Lino, qué raro destino, truncaba un camino, de
linos en flor..., silbaba por lo bajo, camino a mi casa, con la humedad de
Buenos Aires sobre mis hombros.
sábado, 20 de junio de 2015
Pirulo tortuga
“Pirulo
tortuga”. Sobre un portón, en la entrada a una maderera. Cada vez que paso en
el bondi veo la pintada y las palabras me quedan resonando…“Pirulo tortuga”. En
el cruce entre Reyes Católicos y Sanson, en ese punto ciego en que esta última
deja de ser una para pasar a ser la otra. Un tortillero suele ubicarse en esa
misma vereda con su brasero, parrilla y pilas de bollos. Metros antes, cuando
comienza la curva, hay una parada del 5A. “Pirulo tortuga”, en letras negras
sobre el portón blanco, viejo y oxidado.
Mis
pensamientos fluctúan entre qué o quien será este “pirulo”, qué querrá decir
con eso de “tortuga”, y quien/es se habrán tomado el trabajo de hacer el
escrache. La letra parece a las apuradas, desprolija, y es bastante grande, lo
cual significa que podía llevar mucho tiempo hacerlo con prolijidad. “Pirulo
tortuga”… ¿Qué puede mover a alguien a pintar esa frase? ¿Qué nos habrá querido
decir? ¿Nos? ¿Habrá querido decir algo? ¿A quién va dirigido? “Pirulo tortuga”…
Cada vez que
paso, cuando el bondi termina de cruzar la vía y empieza a girar hacia la
derecha, miro por la ventanilla para ver pasar a pirulo tortuga. Cada letra
queda sonando en mi cabeza. Cada pirulo. Cada tortuga.
Quizá, pienso,
“pirulo tortuga” es un apodo. Así como hubo un “barrilete cósmico”, hay un
“pirulo tortuga”… haciendo referencia a qué, nadie lo sabe. O tal vez nos
quiere decir que el tal pirulo es un lerdo, un lento, tomando la principal
característica a la que es asociada la tortuga. Algo así quedaría si teatralizamos
la frase: “che, pirulo, sos un tortuga”. Buenísimo, ya sabemos que pirulo es
muy lento. Pero aún estamos rengos, ¿lento en relación a qué? Me imagino una
mujer esperando la declaración de amor de pirulo, que hace meses viene dando
vueltas pero no se decide, o no se anima. Una madrugada, cansada de la
sofocante espera y anhelando caer rendida en los brazos de su amado tras otra
fallida salida, María se despidió de pirulo. Caminó con decisión bajando por
Los Alisos (ah, nos les dije que pirulo vive sobre Los Alisos) en dirección al
virgen portón blanco que está cruzando la avenida, al ladito de donde toma
siempre el cole cuando vuelve de lo de pirulo. Está decidida a llevar a cabo su
plan. Abrió su mochila, tomo el aerosol negro entre sus manos sintiendo el frio
del aluminio en esa noche caliente. Se tapó un poco la cara con el pañuelo que
había llevado para tales fines. Y comenzó a pintar. Minutos después,
agradeciendo que no paso ningún auto ni transeúntes, esperaba el colectivo que
la llevaría a su casa. A sus espaldas, “pirulo tortuga” comenzaba a secarse en
la cálida noche de verano.
A dos cuadras
de allí, Pablo, más conocido en el barrio como pirulo, intenta conciliar el
sueño. Inquieto, incomodo, da vueltas en la cama. Hace tiempo que viene
pensando cómo decirle a María que no la ama.
miércoles, 17 de junio de 2015
La tabernera del puerto
La
tabernera del puerto, rezaba el cartel sobre el ventanal de la puerta de acceso
al Teatro Provincial. Yo pasaba por delante nomas, pero el diseño me atrajo: el
frente de un bar porteño, la silueta a contraluz de una mujer bebiendo una
copa, un bandoneón cruzado en diagonal. La tabernera del puerto. -“Una por
favor”-. 60 pesos, la más económica.
Fila 15, butaca 4. Atrás al medio, buena ubicación, aunque después me acorde
que el sonido siempre es mejor arriba. No importa.
No
tenía idea que es lo que iba a ver. Como dije, simplemente me gusto el diseño
del afiche y el nombre. Después me enteraría que es una zarzuela, aunque no
tengo ni puta idea de qué es lo que define a una zarzuela. Luego de haberla
visto tengo mis conjeturas al respecto… una mezcla entre teatro y ópera, con
acompañamiento orquestal. El equilibrio entre una cosa y otra me encanto, la
opera se me suele hacer medio pesada. En este caso había una dosis justa de
cada una. Aunque puede ser que esté hablando boludeces, porque estrictamente
hablando tampoco sé que es lo que define a una ópera. En algún momento lo
averiguare, podría ser ahora, minimizando esta ventana y abriendo una pestaña
nueva de google, pero no me interesa, al menos por ahora.
Tras
una caminata de unos 40 minutos, llegue al teatro con La máquina de hacer pájaros
sonando en mis oídos. Guarde headphones, campera, busque mi entrada y me
dispuse a hacer la fila. Edad promedio a mi alrededor: unos 147 años. Todos
viejos y viejas cholulas, aprovechando la fresca para sacar a relucir sus
tapados. "Nuestra vida será blanca y buena, nuestra casa será verdadera,
nuestra ciudad será hermosa desde hoy”, resuena en mi cabeza.
Una
vez dentro, me instalé tranquilamente en mi lugar y procedí a leer el programa
para saber de qué venía la cuestión. A mi izquierda, una vieja. A mi derecha, otra
vieja. Entre las dos, debían sumar cinco siglos resistiendo. La de mi derecha
se había sentado unos segundos antes a mi izquierda, hasta que notó que el
resto del grupo con el que venía siguió de largo. Se levantó al grito de –“Hay
chicas!! Pensé que ya se había sentado”. –“Hay perdóname querido, permiso”. –“Pase
nomas, no hay problema”, le respondo haciéndome una pelotita contra mi asiento
y metiendo mi mochila por debajo. –“Hay te perdono porque sos igualito a mi
sobrino”, dice la vieja cuando termina de pasar… ¿Te perdono? Me quedo pensando…
Nunca le dije perdón, y no tenía motivo para decírselo, de hecho, fue ella la
que me pidió perdón mientras pasaba… No te preocupes, pequeños cortocircuitos
de la tercera edad.
Fuerte
predominio de viejas sobre viejos, se ve que sus papeles duran más en el teatro
de la vida, a los viejos el contrato se les vence antes. Muy interesante la
perspectiva que daba la pendiente de la platea baja, entre el brillo de la
calvicie y el relucir de las canas. Alguna que otra juventud también se asomaba
por ahí, para tirar un poquito abajo el promedio general.
No
soy crítico de teatro ni cerca, pero debo decir que la obra me encanto, me
pareció muy ágil y divertida, con una excelente puesta en escena. No les voy a
decir que la vallan a ver porque ya no está, pero se las hubiese recomendado. Ah,
como olvidarme, si hay algo que siempre me dio por las pelotas en este tipo de
eventos, es el exceso de aplausos. Siempre. Cada aria, cada escena, cada acto,
aplausos, aplausos y más aplausos. Y ni hablar al finalizar, unos 10 minutos
consecutivos de aplausos. No es que no se lo merezcan, pero que se yo, te
termina secando un poco el mate tanto aplauso. Quizá el problema soy yo, que al
ser un ignorante de este tipo de rubro y de ambientes, no logro dar con la esencia
y el significado trascendental del constante aplauso. Quizá sea la simple
inercia de la infinita estupidez humana en su actuar sin pensar en lo que está
haciendo. Pero el de al lado aplaudió, los de arriba aplauden, los de más allá
aplauden, por ende, aplaudo. Y si no te gustó lo que acabas de oír, cagate, aplaudí
igual. -“Pero esto último no me movió un pelo!”, -“No importa, todos aplauden, aplaudí
igual!!”. Y así, los aplausos van
dirigidos a los actores, pero también al propio público en una auto alabanza e identificación
de pertenencia a un sector privilegiado de la sociedad, que consume “alta
cultura” envuelta en tapados y sobretodos, que tiene que cumplir el mandato de
aplaudir hasta el hartazgo mas allá de lo que haya visto u oído; que se
regocija comentando la versatilidad vocal de la soprano, el bajo intenso del
protagonista, y la exquisitez de ese Fa sostenido alcanzado por el tenor en la
tercer aria del segundo acto mientras cantaba loas a su amada. En fin, miren
donde termino. Si a uno le interesan, aunque sea un poquito, ese tipo de
eventos, es inevitable verse rodeado de todo eso. El combo viene completo, con
cajita feliz y sorpresa para armar.
PD:
hay algo que tengo que reconocer, alguna de las viejas tenía un perfume que era
exquisito. Me hacía acordar a algo, en algún momento ya lo sentí, aunque aún no
descifre cuando. Los olores tienen su mambo y, en mi caso, son grandes
disparadores de memorias. Hace unos días, mientras usaba el Shazam (esa app (epaaaaa, esa sí que no se la
esperaban ehhh) que te reconoce canciones) pensaba en cuando inventaran algo
similar pero que reconozca olores. Sentís un perfume, una flor, el aparatito lo
detecta y te dice qué es. Pero esto se me está yendo al joraca, el olor y el
Shazam pertenecen a otra historia.
martes, 9 de junio de 2015
Otoño, hojas y ancianos
Iba camino
abajo por Los Carolinos. Los cerros que dan nombre al barrio custodiaban mi
espalda. Era una mañana de otoño cristalina, fresca y algo ventosa. A unas
cuatro cuadras me esperaba la parada del Transversal con destino UNSa. Manos en
los bolsillos, bufanda, capucha, música, y la mirada fija en las montañas del
oeste. Ni una nube.
En estas cosas
andaba cuando me cruzo con un pequeño liquidámbar, uno de los tantos que adornan
esta ciudad. Pero éste tenía algo particular. Había sido podado y estaba
completamente pelado. Es decir, no tenía el estallido de colores propio de
estos árboles en esta época del año. Al menos eso creía ante la primer mirada
cuando pasaba a su lado, ya que luego me di con una única hoja cargando en
soledad todo su colorido. Sacudida por el viento se resistía tenazmente
aferrada a su rama. Detuve mi andar un instante para observarla. Un árbol, una
sola hoja resistiendo el avance del otoño.
A mis
espaldas, ahora, el jardincito de una pequeña casa en la que viven dos
ancianos. Semanas atrás, pasando por esa misma vereda pero con el arbolito
lleno de hojas, escucho un: “Joven, por favor!”. Freno mi andar, y a mi derecha
se encontraba un anciano sentado en una reposera. A su lado, un bastón yacía en
el piso. El anciano me pedía ayuda para levantarse.
Ingreso a su
propiedad y, tomándolo de un brazo y la cintura, lo ayudo a incorporarse. Para
mi sorpresa el viejo era bastante cabrón y empieza: “ehhh que me querés tirar
cheeee, cuidado!!”. Recordando a mi abuelo, no puedo más que esbozar una
sonrisa. En esa lucha andábamos cuando se hace presente su señora. “Levantate
de una vez y déjate de joder, no seas miedoso poe”. La llegada de la vieja no
hizo más que enfurecer al viejo, al tiempo que disfrutaba de la escena en la
que me veía involucrado. Pero el reto de la vieja surtió efecto, al instante el
viejo ya estaba de pie con su bastón en la mano. Cruzamos unas palabras de
agradecimiento y me apresto a seguir mi camino.
Cierro el
portoncito de acceso. Y veo frente a mí al pequeño liquidámbar, pelado, con una
única hoja enfrentando al otoño y los azotes del viento. Y veo la pareja de ancianos,
aferrados a la vida a medida que se acerca el invierno. Y todos sabemos que
nuestro destino es desprendernos, solitariamente, de ese árbol. Y caer, y
flotar, y recostarnos sobre la tierra que nos dio la vida.
domingo, 31 de mayo de 2015
De predicaciones y otros asuntos
Creí salir
sobre la hora, abordando el 5B en Los Arces y Los Carolinos. Incluso baje
unas paradas antes, a fin de caminar un poco y hacer tiempo. Así y todo, llegue
a las 16:50 hs. Mi maldita manía de llegar temprano hasta cuando hago el
intento de llegar tarde. Para colmo, al tiempo de haber llegado me doy con que abrían
las puertas a las 17:30 hs., no a las 17 como creía.
Ante los
hechos, opto por dar unas vueltas al mercado. En mis oídos seguía sonando la
voz ronca y grave de Louis Armstrong, con la compañía de Duke Ellington. Opte
por quitarme los headphones y entregarme a los sonidos de la ciudad. Una
vuelta. Dos vueltas. Y el tiempo no pasaba. Vuelvo a la entrada principal.
17:15 hs marcaba el reloj.
Apenas
recostado sobre un poste de luz, frente al punto exacto en que la enorme reja
del portón de ingreso al mercado cede su espacio a un puesto de pizzas, con sus
mesitas afuera y algunos parroquianos saboreando sus platos, decido abandonar
las vueltas y esperar pacientemente en ese lugar hasta la hora señalada.
Y es ahí que la
veo venir desde la Av. San Martín. En realidad la había visto minutos antes,
cuando recién llegaba, pero sin prestarle la más mínima atención. De unos 60
años, gorrito en forma campana color negro, sweater gris sumamente gastado,
pollera larga y verde también gastada, botitas marrones y unas medias negras que
apenas se asomaban, cartera negra colgando de su hombro izquierdo, con su brazo
derecho sostenía en alto lo que después supe que era una biblia. Iba y venía
por el centro de la peatonal, de a pequeños pasos. Andaba a los gritos, dirigidos
a nadie y a todos a la vez, aunque nadie le prestaba atención. Ni el revistero
frente al cual pasaba, ni los hombres que acomodaban globos con motivos de Disney
sobre lo que en algún momento fue el pie de un bafle ahora reacondicionado a
otros fines con tan solo practicarle pequeños agujeritos sobre el eje central a
fin de insertar en ellos el palito plástico que sostenía los globos dándole aspecto
de árbol de globos. Nadie. Tampoco los transeúntes. Tampoco la señora que
acomodaba manojos de medias y calzas entre las rejas del portón cerrado que yo
esperaba que se abriera. Tampoco los parroquianos de la pizzería que conversaban
sobre sus asuntos mundanos.
Pero a la
señora no parecía preocuparle. “Hay que arrodillarse ante la biblia!!”, decía.
17:22 hs. Y se alejaba dándome la espalda. “Hay que derribar los muros!!”, le
oigo decir a medida que emprende su ya transitado regreso. El árbol de globos está
casi completo. La mitad izquierda del portón va siendo tapado de medias y
calzas. Entre los parroquianos de la pizzería tan solo queda una porción en la
mesa. Un pobre joven de los tantos que andan rondando los bares esperando
hacerse con las migajas ajenas, conquista esa porción. Sin emitir mucha expresión,
da media vuelta y encara otra mesa. Dos mujeres de unos 45 años charlaban e
intercambiaban fotos con el celular. Pizza no quedaba. Ante el estupor de
ambas, y las risotadas de quienes habían entregado la última porción, el joven
estira su brazo entre las dos mujeres, carga una cucharada de salsa que estaba
sobre la mesa, la desparrama sobre su pizza, y parte sin más.
“Hay que
ingresar al reino de los cielos!!”, oigo gritar desde el otro lado. 17:25 hs.
Ya son unas diez personas paradas frente al portón esperando el pitido inicial.
“Todo está escrito en la biblia de Jesucristo!!”, insiste. Los transeúntes tienen
otras preocupaciones.
Sobre la hora,
otra señora hace su ingreso al escenario. Llega en un remis cargado de plantas.
Lo único que se veía por las ventanas eran grandes y variadas hojas. Tenía el
aspecto de una selva adentro del auto. Tanto la dueña de la selva como el
remisero proceden a la descarga del mundo vegetal. Una variedad de especímenes vegetales
se suman, ahora, a la espera.
17:28hs. La tensión
crece. Van llegando más personas y tienden a apretarse contra el portón. Veo niños,
perros, jóvenes, viejos, vagabundos y gente de traje, policías, gente haciendo
cola en una farmacia, gente entrando y saliendo a los negocios, palomas
entrando y saliendo de los techos, pochoclos, globos, bastones, cochecitos,
bocinazos, “debemos arrodillarnos!!”, vuelvo a escuchar. 17:30 hs. El portón se
abre. La gente ingresa a las apuradas como yendo detrás de la piedra filosofal. Las calzas y medias quedan ahora estratégicamente ubicadas del lado de adentro. Abandono mi puesto de vigía y me sumerjo en ese nuevo mundo que recién abría
sus puertas, pero una vez dentro parecía que nunca estuvieron cerradas.
Mientras camino
entre nuevos olores y caras, llega el último grito de advertencia: “Está
escrito en la biblia del señor!!”.
Pero el único oyente que tenía, ya había partido.
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