martes, 13 de febrero de 2018
La gota
Una gota se acaracola,
se desliza en plata,
esquiva el mate.
Cambio un destino verde
por otro.
Se deshizo en tierra.
domingo, 17 de diciembre de 2017
Starbucks y el de las seis cuarenta y ocho
La clave son las persianas del Starbucks que se encuentra en los
pasillos de la conexión de las líneas B, C y D. Marcan el pulso a seguir para
llegar al semi-rápido de las 6:48 andén 8 que pasa por Lomas de Zamora.
Trazando una diagonal a su izquierda, El Noble mantiene sus persiana bajas. Lo
mismo vale para la panchería Wini Dog, flanqueada por dos escaleras que suben
al andén de la línea verde. Dos columnas al centro, un mural a la izquierda
sobre azulejos blanco y negro, una tercera columna con publicidad en pantallas,
un local de osos y carteras junto a un link de banco ciudad a la derecha.
Si las persianas están bajas y se ve movimiento en su interior, puedo
caminar tranquilo (a esas horas de la mañana se puede caminar tranquilo en el
subte y conseguir lugar cómodamente) hasta la línea C a Constitución. Incluso
es probable que una vez en la cabecera del Roca tenga unos minutos de espera en
el andén hasta que llegue el tren y se vacíe de gente que viene de zona sur.
Ese tiempo suele ser utilizado en lecturas o en pequeñisimas siestas
cuando el sueño nocturno no fue suficiente. Una tercer opción es darle lugar a
uno de los tantos juegos que utilizo para entretenerme en la vía publica: estar
atento a la mayor cantidad posible de información de lo que ocurre a mi
alrededor. Palomas durmiendo en los techos agujereados que se llueven cuando
llueve y los sin techo durmiendo en los bancos de los andenes, las vendedoras
de chipa a diez pesos y churros rellenos que deben estar ahí desde la salida
del primer tren del día, los vendedores de café para los dormidos del tren y
los trasnochados, pancherias y hamburgueserias que van calentando aguas y
planchas, puestos de diarios terminando de acomodar las ultimas revistas
mientras se toma mate con personal ferroviario y comentan el partido de anoche
de Lanús, algún que otro perro esquelético y probablemente rengo producto de un
accidente que nadie registro ni lamento deambulando entre andenes en busca de
restos de, silbatos y anuncios de destinos que solo conozco de nombres y que me
pregunto si alguna vez conoceré como cuando sin pensarlo y sin buscarlo termine
conociendo y viviendo Lomas, Banfield y Lanús. Y no es solo conocer el lugar
sino también a su gente, proyectando las fronteras mas allá hacia lugares no
explorados como Temperley, Burzaco, Adrogue o Glew.
Trenes llenos que se vacían y trenes casi vacíos que parten para
invertir la ecuación por la tarde.
Todo esto es apenas una ínfima parte de lo que ocurre y transcurre bajo
el techo de la estación Constitución mientras espero sentado en el anden 8 el
servicio de las seis y cuarenta y ocho, mientras vagabundeo sin mas propósito
que atar cabos de tiempo y espacio en su incesante deshilachar. Todo esto
ocurre cuando paso frente a Starbucks y sus persianas aun no fueron levantadas.
Y esas mismas persianas son otra historia cuando están arriba, con sus
empleados acomodando productos en los escaparates y ultimando detalles para la
jornada. En ese caso es probable que llegue a Constitución con el tren ya
aguardando en el anden y yo salmón contra la marea sureña que se moviliza a
trabajar. El punto de conflicto radica en el menor margen para desperfectos o
perdidas de subtes en las narices. Cuando ocurre que una formación se clava por
cinco minutos en una estación sin mayores explicaciones (cosa no poco frecuente)
estoy jugado para llegar al de las seis y cuarenta y ocho. Aun así, la escena
esbozada permanece, aunque multiplicada por miles y a otras velocidades. Apenas
puedo prestarme al vagabundeo lúdico para captar esquirlas de un instante
estallado en mil pedazos que invade, oprime, asfixia; hasta el salvador sonido
de un silbato, una chicharra, puertas que se cierran, un libro que se abre y
todo vuelve a la calma de un tren casi vació con destino sur.
Pero todo se puede complicar. Si cuando atravieso ese pasillo de
conexiones, ese punto exacto en que el sector pertenece a todas y a ninguna
linea, me doy con la persiana del Starbucks completamente levantada y dos o
tres personas esperando su pedido. Casi con seguridad que estoy chau. Eso
significa que no llego ni de casualidad al semi-rápido. Pero la cosa no queda
ahí. Esos pocos minutos de diferencia llevan consigo dos caras de Constitución.
De semi vacío a casi reventado. Y uno que sigue en formato salmón, con más
corriente en contra y mayor retraso. En estas ocasiones, la mañana se torna un
poquito cuesta arriba. Repasar la cartelera en busca del servicio mas
inmediato, moverme en piloto automático entre la gente esquivando anhelos,
esperanzas y frustraciones, encontrar algún molinete libre, llegar a Lomas y
acelerar el paso en el camino hasta el colegio, no poder tomar eso mates en
sala de profesores hasta que suene el timbre.
En el fondo la cuestión es tan simple como que me gusta el semi-rápido.
Recuerdo el día que lo descubrí, medio por accidente medio por curioso, que
muchas veces van de la mano. Volvía de mi jornada laboral. Llegando a la
estación empecé a cuestionarme el supuesto hecho de que de los cuatro andenes
tan sólo uno, el numero cuatro, es decir, el más alejado hacia el lado de
Hipólito Yrigoyen, fuese hacia Constitución. Ese día no cruce la vía como debía
hacer. Doble a la izquierda bordeando el andén uno, el que viene de capital. En
los molinetes pregunte por el próximo servicio a Constitución, aunque todos los
que figuraban en mi celular partían del último anden.
-¿A constitución? Tenes un
semi-rápido en tres minutos, anden central. Y así fue. No solo descubri ese
servicio, sino que tambien note que el mismo no aparecia en la aplicacion de
TBA. Se lo comenté a otro profe que viene de capital hace ya siete años y
desconocía su existencia, así que me lo agradeció.
En ese primer viaje note al instante la diferencia, y no me refiero tan
solo a los diez minutos con el servicio normal que implica no parar en tres
estaciones. El traqueteo de una par de minutos entre la estación Avellaneda y
Lanús le dan al traslado un breve aire a viaje. Sentado, mirando por la
ventana, leyendo un libro o durmiendo, ese rato del traslado entre mi casa y mi
lugar de trabajo se transforma sin la interrupción constante de cada estación.
Eso es lo que más me gusta de este servicio, mucho más que los diez minutos
menos. El olor a viaje, a despedida, a reflexiones sobre rieles sin la
interrupción de chicharras y empujones de bajada y subida.
Volviendo a lo que nos convoca. Dentro de esa ley de la persiana de
Starbucks hay algo que permanece constante, casi inmutable. Llegue al servicio
de las 6:48 o no, con la oleada de gente llegando a Constitución o aun sin ella,
entre los pasillos de la combinación del C al Roca los negocios tienen un aire
de eterno retorno. No sé cuál es su horario de apertura, siempre que paso, a la
hora que sea, están ahí, persianas arriba. Con cualquiera de las opciones de
Starbucks, atravesando los molinetes en el primer pasillo a mano izquierda el
pibe de pelito corto rapado al costado sentado sobre una banqueta esta firme,
con la mirada al frente y a la nada; también el grandote de rastas remera negra
y pantalón camuflado escuchando metal sentado en un banquito matero en la
puerta de su local de venta de todo-lo-que-uno-pueda-llegar-a-necesitar. Los
vendedores de café, las pancherías y los "free shop" de panificados
en el hall central. Todo permanece, todo se repite siempre igual. Recién por
estas fechas festivas se notan cambios: los decorativos y el merchandising
navideño.
Toda esta cuestión de la ley de la persiana dejaría de tener sentido, o
perdería su impronta, si me limitase a ver la hora en el celular cuando llego
al pasillo. Incluso parecería ser mucho más simple que andar especulando con la
persiana de un negocio. Y así, no solo no tendría sentido la persiana, sino
tampoco todo esto. Es mucho lo que se perdería, mucho más que el simple hecho
reloj-o-persiana. Perdería una parte esencial de la transformación de lo
cotidiano en algo lúdico, esos pequeños juegos que uno se inventa mientras va
por la calle. Calcular una velocidad de caminata para enganchar onda verde con
los semáforos peatonales sobre avenida Corrientes entre la estación Pasteur y
Carlos Gardel (nunca lo logre), pararme frente a donde creo que va a haber una
puerta del subte, acertar los tres kilos de naranja a veinte pesos, mirar a
través de la ventanilla alguna cara esperando en el andén de enfrente para que
se crucen y perderse en preguntas sin respuestas. Eso es lo que perdería si
llegado al pasillo me limito a ver la hora en mi celular y saber con ese atajo
sí estoy bien o si me tengo que apurar.
El atajo, en muchos casos,
recorta la imaginación, censura el juego, anula la experiencia.
domingo, 12 de noviembre de 2017
Apuntes sobre papel de pizzeria
Doblo por
Lavalle y no por Corrientes como suelo hacer. Es sábado, y se nota. En la
esquina de Jean Jaures miro a la derecha antes de cruzar y me doy con la calle
cortada, apenas más allá, pasando el pasaje. Luces que iluminan la cuadra y
tango que suena a todo volumen me atraen. Hacia allá me dirijo. El sueño, el
cansancio y las ganas de cama pueden esperar un rato. Una parrilla humeante,
mesas en la calle con manteles plásticos floreados, vinos y sodas en sifón
decoran la escena. Gente, mucha. De un lado, en fila, esperando para entrar al
museo-casa de Carlos Gardel que permanecerá abierta hasta altas horas de la
noche. Del otro lado, un semicírculo de vereda a vereda oficia de platea para
una pareja que baila en el centro. Me busco un hueco, me acomodo, miro a mi
alrededor los personajes que participan de la escena y, finalmente, a la pareja
bailando.
Timbre que
suena. Cierro el libro, lavo los platos, vacío de un trago la solitaria copa de
vino que me acompaño durante la cena y salgo al encuentro de. Otro ángulo, otra
perspectiva, todo multiplicado a través de un prisma, se desvanece el tiempo,
se hace agua la vida. Y entonces ocurre la magia. ¿Magia?
Subte línea H.
Retomo el libro, ¿dónde estaba? Ah sí, Lucas y su patriotismo. Estación Las
Heras, chau Lucas. Y un auditórium en el sótano de una biblioteca, música
latinoamericana, piano y voz, y Ecuador, y Uruguay, y Argentina. Y yo y mi
prima, la del timbre que me cerro el libro, platos, vino, me vine y me expulso
a la vida.
Salgo, salimos.
Gente, mucha gente que circula y habla y grita y ruido de colectivos y autos.
Debate de política en la parada del 93. Mi prima se sube, se va a un
cumpleaños. El 118 no aparece y el movimiento le gana al inmovilismo. Empiezo a
caminar, por Pueyrredón. Y camino, olvidándome del 118, del sótano y de Lucas,
pensando en caminar para llegar a dormir, tal vez comer algo. Me dio hambre. La
gente alrededor me indica que es noche de helado o de cerveza. Me tienta la última
idea. Tengo sed. Sigo caminando, siempre Pueyrredón. Mucha familia en la calle.
Camino y pienso, pienso y camino; no sé cuál me lleva a cual, ¿camino porque necesito
pensar? ¿En qué? ¿O pienso porque me largue a caminar? No importa, me da lo
mismo. El aire está fresco, está despejado, noviembre, y luna casi llena.
Derecho, siempre derecho, hasta Lavalle que doblo a la derecha en dirección al
Abasto. Y sin pensarlo, sin quererlo, termino frente a la casa de Carlos Gardel.
Termina la
pareja que baila. Se apaga el tango. Se desvanece el semicírculo, solo queda la
fila que espera su turno para entrar a la casa. Ahora sí, me digo, ya es hora.
Doy media vuelta y me dispongo a subir por el pasaje Zelaya. Pero no llego a dar
más que unos pasos. En la esquina saludo a Piter, el negro que atiende la
pizzería en español con acento francés y siempre una sonrisa dibujada.
Charlamos un rato. Me estoy por ir y le pregunto a cuanto la lata de cerveza.
Para el camino, para sacarme las ganas nomas. Cuarenta me dice, pero a vos te
dejo la de litro a cincuenta. Vamos con esa. Y una empanada, ya que estamos.
Me siento
afuera y me sirvo una cerveza helada. Le pido una birome y un papel. Me alcanza
ambas cosas, siempre sonriendo, siempre alegre. Y comienzo a escribir. No sé
sobre qué, pero tenía la necesidad. De espacio y tiempos, de futuros prometidos
ensalzados en recuerdos, de tangos y gardeles, de filas esperando a la una de
la mañana, de olores a churrascos envueltos en humo, del tacto de manteles
plásticos con manchas de vino sobre mesas enclenques, del tango devenido en
redondos para acabar con Gilda a las dos de la mañana, una grande de muzza y
media de carne, que la cuenta, que otra cerveza, que estoy desde las once de la
mañana y la sonrisa se va dibujando de cansancio. ¿De dónde vendrá? ¿Dónde
estarán sus raíces? ¿Su infancia, su vida, sus orígenes? Muchos misterios por
detrás de esa figura. Vuelvo a llenar el vaso. ¿Estas usándola? No no, llevala
tranquilo. Que gracias, que no hay de qué. Y la birome que llega a una gran
mancha de grasa sobre el papel que me presto Piter y me pregunto si no será hora
de irme a dormir.
domingo, 27 de agosto de 2017
Rabia Roja
Mire la hora mientras doblaba a la izquierda para subir por Córdoba. 20:21 decía el reloj. Llegaba
justo. A mitad de cuadra vi a decenas de personas sobre la vereda, a la altura
del cartel vertical. “Regio”… extraño nombre para un teatro. No me gustaba. A
la palabra me refiero, al teatro no lo conocía, aun. A medida que me acercaba
note que casi todos tenían una copa de vino. Me llamo la atención. Me asome al
hall de ingreso. Atestado de gente. Todos tomando vino. Entré. A la izquierda,
en un rincón bajo la escalera, una mesa, dos mozos. Primera función. Tome una
copa. Subí las escaleras hasta el descanso. Me acomode en un escalón, di una
mirada general al salón. Abrí mi libro, necesitaba saber urgente si Michel
Marini se encontraba con Cecile o no. La novela había llegado a mis manos unas
semanas atrás, un fortuito regalo. Desde entonces no puedo dejar de leerla.
Tren, subte, e incluso en los colectivos, medio que nunca me resultó de mi
agrado para la lectura. Ahora también en el hall de teatros. Pero no me iba a
enterar de ese encuentro en las páginas que quedaban para terminar el capítulo,
así que lo cerré.
El hall se
llenaba, el vino circulaba, y a la gente se la notaba muy distendida. Estaban
disfrutando del momento, de la previa del estreno del espectáculo. El vino
ayudaba, siempre ayuda. Desde mi posición en las escaleras tenía una panorámica
especial. Podía ver prácticamente todo. Fauna interesante. Mucho/a freak
artista intelectual pequebu. Tengo seria limitaciones en cuanto a la descripción
de vestimentas, que no es más que la expresión de mi ignorancia en materia
ropa. Pero cualquiera que entienda del asunto se hacía un festín por las
combinaciones y formas extrañas que rondaban la escena. Claro, la obra había arrancado
afuera. “Rabia Roja” no iba a empezar hasta después de las 21 por lo menos.
Deje mi copa vacía, tome otra, volví a mi lugar. Por los alta voces, tras una
señal, una voz femenina de cigarros y copas comunicaba a los señores
espectadores que la sala ya se encontraba habilitada para el ingreso, y que una
vez comenzada la función se cerraban las puertas y ya nadie ingresaba. No pareció
importar mucho, la atención estaba puesta en los mozos. No pregunté que marca
era, estaba rico. Está claro que alguien que califica a un vino de “rico” es
porque entiende tanto de vinos como de ropa. Para mí hay dos categorías de
vinos: los que me gustan y los que no volvería a comprar. No volver a comprar
no significa que no lo volvería a tomar, hay circunstancias que superan
nuestros paladares. Esto se puede aplicar a muchos aspectos de la vida. Sí, a
ese también.
De a poco la
gente comenzó a ingresar. No por casualidad, estaban levantando la mesa del
vino. Es como cuando van prendiendo las luces en la fiesta de casamiento, al
tiempo que ponen esos temas de mierda sentimentaloides que usan justamente para
rajarte discretamente. Funciono. Hasta se estaba formando una fila. Terminada
una obra comenzaría en breve aquella otra que nos convocaba.
Mientras
miraba la escena de gente desesperada por llegar a las ultimas botellas me
hacia la idea de cruzar la mirada con una mujer solitaria, tomando su copa y
perdida entre la fauna. Dos miradas solitarias que se encuentran y se hablan,
que se terminan sentando juntos, que a la salida se van a un bar a tomar algo y
a discutir diversas interpretaciones de la obra, y que las diferencias en ese
aspecto las terminan resolviendo en un garche salvaje en el departamento de
ella que vive por la zona. Pero nada de eso pasa en la realidad. Me levante y
me dispuse a entrar.
Mi ubicación era
en el primer piso. Subí las escaleras (había bajado para devolver mi copa, en
otra época quizá me hubiese planteado llevarla como suvenir, pero no era el
momento ni el ambiente para semejante acto de incivilización). Arriba había un balcón
circular que daba al hall. Se tenía una visión exquisita de toda la escena, era
como ser dios mirando al mundo, o como la perspectiva de algunos juegos de pc.
No me distraje más. Enfile a la puerta. Para mi sorpresa no había nadie para
presentarle la entrada. Espere un segundo. Mire a mí alrededor. Nada. Entre con
el característico pensamiento argento, “para que chota pague la entrada,
hubiese podido entrar gratis”. Ese pensamiento se puede aplicar a todas las
instancias de transporte público, si no te ponen una gorra adelante la mayoría no
pagaría un céntimo. Y que se caguen.
Había algunas
personas ya ubicadas, pero eran muy pocas y el pulman era grande. De boludo
nomas me tome el trabajo de mirar mi ubicación. Busque la fila, la butaca. Fue ahí
que note mi estupidez. Me senté donde me pareció que tenía mejor vista. Saque
el libro y seguí leyendo unas páginas. Había poca luz, forzaba mucho la vista. Cerré
el libro. La entrada intacta, impoluta, con el troquel perfecto, ahora funciona
de señalador. De a poco se iba llenando. Dos chicas se sentaron adelante mío.
Ya las había visto en el hall. Mis sospechas fueron confirmadas. Se dieron unos
besitos jugando con sus manos. Me gusto presenciarlo desde atrás.
La obra
arranco pasadas las 21. Aunque un balance o critica de la misma no es el eje de
todo esto (no sé cuál es el eje de todo esto) en términos generales me gusto.
Salvadora Medina Onrubia, poeta, ensayista, anarquista, madre soltera, directora
de un diario, presa política, es retratada por cuatro actrices y un texto que
es bien llevado a partir de fragmentos tomados de la propia Salvadora: cartas, poemas,
fragmentos de obras.
Las luces se
encienden, suben al escenario todos aquellos que tuvieron algo que ver con la realización
de la obra. Noto la presencia de muchos de los personajes freaks que vi en el
hall. La gente aplaude, se entrega un ramo de flores a la directora. Agarro mis
cosas y parto. “Ni dios, ni patrón, ni marido”, en tonos rojos, sigue sonando mientras
busco la parada del 168. Camino bajo una llovizna que no se termina de decidir
y me muero de ganas de mear. Por suerte el bondi llego rápido.
viernes, 19 de mayo de 2017
Cartas: N° 8
Querida amiga;
Esta es la octava carta que escribo en el transcurso de casi
un año. No hace falta que te diga que no recibí respuesta alguna. No es que
estuviese esperando una, ni pretendo exigirte nada semejante después del tiempo
que me tomo a mí mismo responderte. Aun así, no puedo ocultar que anduve con una
pequeña esperanza de encontrar un sobre con tu nombre en mi buzón. Pero lo
único que se precipita en su interior son boletas y publicidades. Extraño
aquellos tiempos en que llegaban hojas cargadas de tintas y noticias lejanas.
De igual modo, no puedo negar las veces que desee otra aparición tuya en mi
celular. En el tren, en la calle, en mi casa… en vano.
Pienso también si no será un error mío enviarte cartas a tu
domicilio y no a tu e-mail. ¿Que por qué lo hago? No tengo una respuesta, tal
vez me gusta esa ínfima dosis de incertidumbre al imaginar todo el recorrido de
la carta a través de bolsas, bolsones, dependencias y camionetas atravesando un
país. Un descuido, un desvío, un viento que sopló en el momento exacto. El
hecho de depositar la carta y no saber cuándo te llegara (no me gustan esos códigos
que te dan para el rastreo) es un motivo para mantener el pulso.
Claro que existe la posibilidad de que te hayas mudado y que
yo no esté al tanto. En ese caso tal vez haya alguien leyéndome, leyéndote, conociéndonos,
deduciendo y llenando baches de nuestra historia. Si de elegir se trata, escojo
esta opción antes que pensar que no me querés responder. ¿O acaso recibís las
cartas y las tiras sin siquiera leerlas? Eso sería aún más doloroso. Pero
claro, no lo sé, ni una cosa ni la otra. Tan solo silencio. Tendrás tus motivos.
Yo me aferro a la mudanza.
Entonces ¿porque no te envío todo esto a tu mail?, sería la
pregunta lógica y consecuente. Y de nuevo, no tengo repuesta, pero sé que no lo
quiero hacer, que quiero el papel, la tinta, el sobre, el correo y el cartero,
imaginar ese viaje, mi nombre de un lado y el tuyo del otro, un sello, una mano
extendiéndose y otra recibiendo, mi letra en tinta azul de la birome que
sostengo en mi mano derecha cobrando forma sentido ante tu mirada, una pequeña
mancha en la hoja (abajo a la derecha) del mate amargo que estoy tomando y me pareció
apropiado dejarla. Todo eso está presente y ojala pudiese viajar también el
aroma a nostalgia que me acompaña cada vez que me siento a escribirte y el
cielo de la tarde que ingresa por la ventana. Todo eso se pierde en un mail… así
que tal vez ahí este la respuesta.
Y si no eres tú quien
lee todo esto, querida amiga, no te culpo por querer seguir conociendo esta
historia.
domingo, 30 de abril de 2017
Cartas: N° 7
Querida;
Como te habrás dado cuenta, hoy decidí encabezar esta carta
de otro modo. ¿Viste el impacto que genera el hecho de eliminar tan solo una
palabra? Ese “querida” en solitario cobra todo su peso sin un “amiga” que lo acompañe.
Mejor dicho, cobra otro peso. Se puede
pensar que el carácter de la carta será otro, que es otro el vínculo con el
destinatario, que es otra la historia que se esconde por detrás… con solo
eliminar una palabra.
No dejas de ser una amiga, no cambia el carácter de esta
carta, eso lo sabemos nosotros dos. Pero si llegara por equivocación a las
manos de cualquier otra persona que no fueras tú, otra historia sería la que se
esconde en estas líneas. ¿Te diste cuenta, además, qué cercano está el “querida
amiga” de “querida mía”? Dos letras nomas, apenas, para construir dos mundos
completamente diferentes, dos historias con todas las variantes de lo que
pudiera haber sido sí, pero no fue por. Como aquella vez que te hablaba del
mar, ¿te acordás?
Esperá, no te ofendas, no quiero que lo mal interpretes. Fue
tan solo un simple juego frente a monótono
encabezamiento que se viene descascarando despacito ante el sutil riego de tu
silencio desde la primera carta que te escribi. Acaso surgió como respuesta a
ese silencio, un mosquito que susurra y pica para despertarnos del letargo de
una siesta veraniega. O tal vez por el simple hecho de sentarme a escribir sin
saber qué tenía para contarte.
Después de escribir “querida” me llamo la atención el
protagonismo que tomaba ante el espacio en blanco que se abría hasta el final
del renglón, como éste la rodeaba, y eso me gusto. ¿Qué necesidad de ubicar
algo al lado? ¿Por qué no dejarlo? Así fue que sentí el impulso del punto y
coma ahí nomás, solo con el querida.
Pero soy consciente, y no creas que no lo he notado, que de
este modo se diluye esa amistad que nos une por todo lo que compartimos y se
hace presente ese pasado compartido. Lo vivido que emerge como presente por un mínimo
cambio en el encabezado. Otro pañuelo de la galera, otro truco del mago. Uno más.
Y no es que esa sea mi intención, para nada, querida amiga. Pero a medida que
salían estas líneas no pude dejar de notar que las cosas que permanecen en el
tiempo son muchas más de las que suponemos. A veces, incluso, muchas mas de las
que uno quisiera…
domingo, 16 de abril de 2017
Cartas: N° 6
Querida amiga;
Hoy te vi. Yo subía las escaleras de la estación Juramento cargando
mi mochila, mis pies, mi día, tú descendías
liviana y perdida entre caras apretadas en la escalera mecánica. Todo parecía mecanico
ese dia hasta que te apareciste para darle vitalidad. Yo quería escapar de las
fauces de la tierra para respirar ese viciado aire fresco de la ciudad, tú te
sumergías en ellas.
Allí estabas, tan perdida como radiante. Fue un instante en
que levante la mirada para ver el cielo que comenzaba a asomarse y me topé con
tu lento descender. Pude ver cierto espanto en tu rostro, recuerdo como le temías
a todo aquello que connotara un descenso. Tu mirada se asemejaba mas a una
no-mirada, ni siquiera estaba distraída en tu celular.
Y así pasaste a mi lado sin notarlo, siempre en esa suavidad
mecánica. No giraste tu rostro para que se encuentre con el mío. Desde tu
inmutable fijeza ignorabas todo lo que ocurría a tu alrededor, no solamente a
mí. A vos que tanto te gustan, no viste al niño sobre los brazos de su madre
que a escasos centímetros tuyos te miraba fijo, algo en ti la hipnotizaba, ¿tal
vez ese estado fantasmal que irradiabas? A tu espalda una pareja se besaba de
modo apasionado sin importarle quien ni dónde ni cuándo ni cómo. Solo besarse,
solo amarse. Más abajo un hombre hablando a los gritos por su celular, contando
los pormenores de su vida que a nadie más le interesaban salvo a él y a su
interlocutor. Y vos gracias. Tu única presencia era el hecho físico de la
materia que ocupa un espacio.
Ante tu aparición tuve que detener mi andar en medio de la
escalera, en ese limbo entre vaho subterráneo y frescura del smog que se mece
con el aire que se niega a descender. Gente que subía comenzó a amontonarse
detrás de mí y hacia esfuerzos por esquivarme. De frente venían los que no
elijen la escalera mecánica ya sea por ansiedad, por andar apurados o por
claustrofobia de las horas pico. Cuando me di vuelta para observarte una vez más,
tal vez para ir a tu encuentro, tal vez para seguirte con la mirada, tal vez
para llamarte, entre tal veces te me perdiste, ya nada quedaba de ti más que
una vaga idea de haber participado de tu mundo alguna vez.
No me animé a volver sobre mis pasos y emprender tu búsqueda
entre la gente. Tenía miedo de no encontrarte en ningún rostro (era lo más
probable, lo sé), así que opte por aferrarme a ese encuentro fugaz, no hacía
falta ponerlo a prueba. Continué mi día con la seguridad de ese parpadeo. Y no
me importa que me digas que es imposible, que estoy equivocado, que estás a más
de mil kilómetros. Ahí estabas, ahí estuviste, lo sé.
Fue hermoso haberte visto y perdido en la fragilidad del
instante. Quizá, sin saberlo, te tomaste unos minutos de tu infaltable siesta
para darte una vuelta y hacerte presente en ese pie de página.
Insisto, fue hermoso haberte visto, y tan solo quería
contártelo para que la próxima vez no tengas miedo de voltear tu mirada y que
nuestros ojos se encuentren en un silencioso abrazo de amigos.
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