jueves, 28 de mayo de 2015

De colores

Tensión. Una extraña tensión. Tensión entre las cerdas del pincel cargadas de color rojo y la base monocromática que tengo frente a mí. Base que, estrictamente hablando, no es un color. La armonía, el equilibrio, la pureza de ese blanco impoluto no sabe que su victimario esta a escasos centímetros. Pero el pincel, la mano, no avanza. Tiembla un instante. Duda. Tensión. Primera pincelada que debe romper ese orden para devenir en uno nuevo. El peso de las primeras líneas en una hoja en blanco.
Superado ese instante, el resto comienza a fluir. La tensión se distiende. El blanco se relaja y disfruta su nuevo ropaje. Sabe que permanecerá por detrás, que estará ahí aunque nadie lo vea. La mano ya no tiembla, la duda cesa, y los colores se suceden sobre las cerdas del pincel.
Por debajo de esos colores que se  amalgaman en busca de nueva armonía, y por debajo de ese blanco impoluto sacrificado, madera. En si misma ya remite a un color, que es a su vez cientos de colores y tonos, cada una con sus matices, sus nudos y sus vetas.
Materia prima fundamental para el ser humano a lo largo de toda su historia. Barco, fuego, herramienta, albergue, arma, y un interminable etcétera. Madera, materia, mater… cualidad que tiene la madre.
Y la fiel madre se presta a ser cubierta, arropada, por las caricias de las cerdas y la vida de los colores. Estos ocultan su intencionalidad en su raíz: kel-celare, ocultar. Pero algo ocurrió a lo largo de la historia, y lo velado mudo a velo. El olvido de aquello sepultado devino en el protagonismo del sepulturero. Quizás, si corremos el velo, damos con aquello que estaba relegado al olvido. Revelamos el secreto de los colores. Quizás.
Pero distinto es el caso de aquello que está siendo pintado al del color natural de las cosas. Si penetramos en el primero, tarde o temprano, devenimos en el segundo. Y aquí se abre el gran interrogante ya esbozado, ¿Qué ocultan los colores? Podríamos pensar que por debajo de ellos se encuentra el alma, la esencia de las cosas. Ocultan el ser de lo que están destinados a recubrir. Pero aquel que crea que removiendo esas laminas podrá dar con la esencia de lo contenido, está equivocado. Siempre habrá un nuevo color que se encargara de ocultarlo, de resguardarlo bajo siete llaves de la implacable curiosidad y ansias del hombre. Así la naturaleza protege su secreto. Y lo seguirá protegiendo.

El blanco fue ocultado por una variedad de marrones, naranjas, amarillos y rojos. Todos ellos, a su vez, se encargan de cubrir el corte de cedro que tengo en mis manos. Pero ¿qué es lo que oculta su color cobrizo?, jamás lo sabré. Y frente a la incertidumbre, ellos me devuelven un campo colmado de arbustos verdes con flores amarillas, cerros verdes enredados en ocre, y una mancha de pintura roja en mi mano derecha, que ahora sostiene un lápiz cuya punta gris dio vida a estas breves líneas.

martes, 26 de mayo de 2015

Ciclos

Fue mucho más que su venta. Fue, sobre todo, cerrar un ciclo. Me acompaño prácticamente en toda mi estadía salteña al día de hoy. La había comprado algo así como un año después de haber llegado. Si me pregunto porque la vendí, no creo encontrar una respuesta certera. Quizá la respuesta sea en plural, muchos y diversos factores me llevaron a tomar la decisión que venía pensando hace ya un buen tiempo, cuando cerraba otro ciclo con nueva mudanza y la vuelta al barrio que me albergo apenas llegado a esta ciudad. En ese proceso de vaciar la mochila le llego su turno.

Es verdad que me significaba una gran comodidad. Pensándolo, quizá sea uno de los motivos que me llevo a ese desprendimiento. A veces hay que escaparle a las comodidades, no aferrarse a ellas. Contrariamente a lo que creía, y a lo que me plantean todos, la vuelta al colectivo no fue para nada pesada ni negativa. Significo la vuelta a todo un ritual que me acompaño durante mucho tiempo. La vuelta a cargar música, dependiendo del momento del día, del clima, estados de ánimo, destinos, etc. La vuelta a las esperas en las paradas, a encontrar asiento, a viajar parado, a ceder asientos, a viajar apretado. También fue la vuelta a largas caminatas, por nuevas calles y trayectos ya conocidos y transitados. Quizá no por mí, por quien soy ahora, sino por quien supe ser en aquel entonces. Pero algo de él permanece en mí, lo siento en cada esquina, en cada árbol, en cada plaza. En el eco de los motores gruñendo en el autódromo, que antes se colaban por otra ventana, a tan solo unas cuadras. En los cantos lúgubres que bajan del cerro, mientras cientos de peregrinos esperan el milagro. En los acordes de Marley sonando en mis oídos por las mañanas mientras bajo por Los Carolinos: “Sun is shining, the weather is sweet…”.

La venta de la moto significo el retorno de esas horas muertas tan gratas y enriquecedoras. Cada caminata, cada espera, cada disco escuchado, era y es tiempo de meditación y contemplación, tiempo que había perdido, que había sido usurpado por la comodidad de la moto; la cual, también debo reconocer, me permitió conocer lugares, trayectos y tiempos antes no experimentados.

Pero como dije, cumplió su ciclo, me dio lo que tenía para darme. El retorno al barrio viene acompañado del retorno a todas esas horas muertas que nos brinda la ciudad y sus distancias, tan gratificantes si uno quiere que así sean. Ese retorno también es en sí mismo un ciclo, que tiene su propia manifestación espacial: Tres Cerritos, Parque Belgrano, Villa Soledad, Tres Cerritos. Y la moto me acompaño en toda esa vuelta.

Pero sobre todo, el retorno al barrio me encuentra mucho más liviano de equipaje, y andar liviano de equipaje, significa mucho más que eso.


Y al momento de estar por postear esto, me doy con que mi ultima entrada de hace casi cuatro meses se titula “Desprenderse”… Ok, como usted diga.

domingo, 1 de febrero de 2015

Desprenderse

  Desprenderse, despojarse. Esa fue la consigna que vino de lo mas profundo. Quitar a algo lo que lo acompaña, cubre o completa; quitar algo con violencia. Así lo define el diccionario. Viene del latín despoliare, y se asocia con desnudar. Desnudar, pienso. Un gallo canta a lo lejos. Billie Holiday canta a mi lado. 6:30 am, recién llegado de trabajar. Desnudar, pienso de nuevo.

  Esa fue la consigna (lo supe después) y eso fue lo que me dedique a hacer. Me levante una mañana y note que la biblioteca estaba demasiado llena. Demasiado llena al pedo quiero decir. Ducha y mates de por medio, tome todas mis novelas, cuentos, novelas históricas, les saque fotos, y las publique. Se habían convertido casi en un fetiche, un maldito alimento para el ego que juntaba polvo en mi cuarto. Me encantaba ver esa biblioteca llena de todas las cosas que fui leyendo durante mi vida. Ya no. Despojarse, desprenderse, desnudarse. Fue siendo una sensación sumamente satisfactoria. Y el proceso recién comienza.

  ¿Porque ahora? Hace años que vengo arrastrando todos esos libros, varias mudanzas de por medio, y nunca ni se me había ocurrido deshacerme de ellos (o buena parte de ellos). ¿Porque ahora? Vuelvo a preguntarme. Y porque no. Algo cambió para que esa necesidad llegue ahora y no antes. Todo llega en su momento justo, ni un segundo antes ni un segundo después.

  -"Buenas, tengo estos libros, quizá le interesen"-, le digo al feriante. Disimulando mal la atracción que le produjeron los títulos, me tira un numero. Lo acepto, sabiendo que se los estoy regalando. Es que entendí desde el principio que me estoy despojando, no buscando un negocio. 

  Y ese despojo es, pienso de nuevo, el desnudarse al cual se vincula. La relación y las raíces que comparten las palabras no son inocentes. A medida que mas me desprendo de mis cosas, mas liviano, mas tranquilo, mas satisfecho, y mas desnudo me siento. Las cosas que uno acumula representan, creo yo, en gran medida, las inseguridades de uno. O las seguridades, según como se lo quiera ver. Pero también me di cuenta que muchas de ellas representan etapas. Etapas que mientras tenga todo eso acumulado, quedarían indefectiblemente abiertas. Es hora de desnudarse. Cada uno de esos libros que fui vendiendo/regalando representa una etapa-momento particular de mi vida. Siempre me ate a ellos. Quería seguir siendo parte de esos mundos que encierran sus hojas. Ya no quiero. Lo fui, lo disfrute, y se los agradezco. Pero ya pasaron. Y me sigo desnudando. Tal y como me desnudo con cada una de estas palabras, en cada post de este blog. -"Tal vez, pienso, mi camino de desprendimiento empezó cuando empece a escribir aquí"-. Afuera la noche se desnuda de día. La luz se despoja de oscuridad.

  En este proceso cayo también mi pc. Aquella que me compre estudiando sonido, en la que grabe cientos de boludeces encerrado en un sótano en la calle Suipacha. Foto acá, foto allá, publicación. Horas después parece querer emprender su propio camino. La mochila es cada vez mas liviana.

  Y así, uno se da cuenta de las maravillas de la tortuga, del caracol, de la araña. Y uno también es constructor de su propia tela, con sus bifurcaciones, sus tirantes, sus vueltas, y rupturas. Y la misma araña y su tela brotan de lo mas profundo del inconsciente a ofrecerme sus enseñanzas, a enfrentarme a mis miedos, a ofrecerme caminos. También aparecen pájaros que se posan sobre una enorme tela sin el mas mínimo temor a su constructor. Los mismos, quizá, que me cantan ahora, amaneciendo, mientras me desnudo en letras.

lunes, 19 de enero de 2015

Cerro

  Me quede parado unos minutos en un rincón. La gente circulaba, iba y venia, se sacaba fotos, los chicos corrían, las chicas presumían. Yo miraba a mi alrededor, buscaba ese lugar exacto para sentarme a tomar unos mates y disfrutar del atardecer en el cerro San Bernardo. Finalmente el lugar apareció. Cuarto escalón, sobre la baranda, justo debajo de un arbolito que me protegía del sol. Arriba, un poco hacia mi derecha, las cabinas del teleférico iban y venían en su eterno recorrido. Frente a mi, la ciudad de Salta.
  Un chico le pregunta a otro: - "¿Que harías si sos un gigante así, de este tamaño?"-. Su amigo lo mira sin saber que responder, sorprendido de la pregunta. -"Yo pisaría la cancha esa que esta allá (la de Juventud Antoniana), y después saltaría hasta allá (señala la otra punta), y me iría al monte"-, Remata, tratando de que su amigo le de algo de bola. - "Ah, yo ni idea che..."-, responde indiferente. Quien iniciara el absurdo debate busca meter a su amigo en su delirio gigantil: -"Me quedaría viviendo en el monte-, le dice, -total si me pica un víbora no me pasaría nada"-. Claro, suena lógico, ¿que le puede llegar a hacer un pequeña víbora a un gigante? Como si David no pudiese derribar a Goliat, suena lógico el planteo. Pero remata su monologico debate de un modo muy realista y reflexivo: -"Pero no se si estaría bueno, porque no entraría en un auto..."- Y si, al fin de cuentas tiene razón.
  Y las conversaciones van. Monótonas y repetitivas palabras sin vida de guías de turismo, fotos, fotos y mas fotos por todos lados. Juro que toda la gente que se ubicaba en la baranda que da hacia la vista de la ciudad y el atardecer estaba mas concentrada y preocupada por la "selfie" que por otra cosa. Mas de la mitad de ellos o miraba la tarde a través de un lente, o directamente estaba mirando una pantalla. Tabletas, celulares, cámaras, de todos los tamaños, colores y gustos. También circulaban muchos gringos con camisetas de boca y river, Se hicieron presentes Bob Marley, New York, Coke, Inglaterra y tantas otras cosas estampadas.
Recluido bajo mi árbol en mi rincón, me dedico la próxima hora a contemplar todo lo que acontece a mi alrededor.
Saco mis auriculares y me decido a escuchar algo de música para acompañar el rato. Miro la lista y elijo la banda de sonido de la película "Las ventajas de ser invisible", que la había agregado al celular tan solo unas horas antes. Alguna vez en mi vida la había bajado y, hasta el momento, nunca la había escuchado. Le doy play.
Perfecto. Mejor elección imposible.
En un instante, la misma melancolía positiva y buena onda de la película se hace presente en la cima del cerro San Bernardo. Me sebo un mate. Como una pepa. Y miro sonriente a mi alrededor. De a poco, la música comienza a impregnar el ambiente a un suave olor a despedida. A melancolía. A misión cumplida. Sin saber porque.
La gente transita. Tengo la grata sensación de que en mi rincón paso desapercibido. Nadie me ve. Todos hacen fila para ver por el telescopio ubicado en la cima, para conquistar un lugar sobre la baranda y sacarse la "selfie". Estoy pero no estoy. "Las ventajas de ser invisible", pienso. La música continua y me arrastra cada vez mas. Una muy buena banda sonora ochentosa. Circulan a mi alrededor y por adentro mis amigos, mi familia, mi infancia, mis amores, mis viajes, Bs As, Salta... Me sebo otro mate. Como otra pepa. Pienso. Observo. Sonrío. Pienso. Decisiones. 2015. 6 años. Toda una vida. A la vez nada. Y todo pasa. Y todo sigue su camino. Y todo permanece en su lugar.
Los ciclistas, las deportistas, los chicos, las coquetas, los metros, los hippies, los tatuados, los gringos, todos están presentes. Todos están ausentes. El árbol me protege del sol. En un rincón, sobre la escalera. Disfruto mi mate, mi música, la tarde. Y soy invisible. Y pienso. Y reflexiono. 
"We can be heroes, just for one day".

lunes, 12 de enero de 2015

Zamba

-"Me estoy encontrando con el folklore"- le comentaba a mi primo en una de mis recientes visitas a Buenos Aires. Es una cuenta pendiente que tengo, no se porque, pero nunca me termino de enganchar. Pensé que el hecho de haberme instalado en Salta, tal vez, me llevaba tras sus pasos. Pero no. Aunque breves acercamientos, nunca termine de encontrarle la vuelta. Mejor dicho, nunca pude encontrarle ese momento del dia, o ese estado emocional, que me lleve naturalmente a escuchar algo de eso. Lo se, decir folklore es extremadamente amplio.
Con el tiempo, ese gusto y ese momento fueron apareciendo. De la mano de un vinilo (la llegada del tocadiscos, como ya dije en alguna otra entrada, me enfrento a ciertos cambios musicales, que agradezco enormemente). Le contaba a Ber que tenia una vinilo de Los Chalchaleros, y que por cuestiones de un limitado stock de discos una tarde me senté a escucharlo con un poco mas de atención que de costumbre. Fue ahí que sonaron una serie de zambas que, básicamente, me partieron la cabeza. Particularmente una de ellas.
Desde ese día, varias tardes transcurrieron con ese vinilo de fondo. Mi primo se alegraba del encuentro que se había dado.
Ratos después, tras un silencio reflexivo, toma la guitarra. -"Tome algunas clases este tiempo"-, me cuenta. -"Tengo dos o tres temas que estuve practicando"-, continua, mientras empieza a rasguear una zamba.
Me sumerjo en la hamaca paraguaya y el mundo se detiene. Un silencio absoluto en pleno Abasto de Buenos Aires hace una parada en Zelaya para disfrutar ese momento. No puedo simular mi emoción y la piel se me eriza. Los perros dejan de ladrar. Camilo, el gato, duerme apaciblemente. Los autos no circulan. Ber, completamente sumergido en su guitarra y compenetrado en la letra, comienza a cantar "Zamba por vos". Yo vuelo.
Suena el ultimo acorde de ese corte en el espacio-tiempo del Abasto. Se alejan las vibraciones de las ultimas cuerdas por los pasillos de los conventillos del pasaje Zelaya. Los mismos que hace años fueron cuna de los mejores tangos. Con una sonrisa y una mirada cargadas de melancolía, me encuentra en la hamaca y pregunta, -"¿Era esa la zamba?".

lunes, 15 de diciembre de 2014

Lo mejor de sentarse a escribir sin tener idea de que es lo que uno quiere escribir, quizá sea justamente eso. Prendo una vela. Algo de música. Por la ventana abierta entra apenas una brisa, junto a los grillos en un primer plano, con el telón de fondo algún que otro perro ladrando.  También se sienten autos y motos.

Una palabra me puede llevar a otra, así como una idea inicial remite en otras. Nada en particular. Solo palabras. Solo ideas. Aunque no se cuales, menos hacia donde van. Simplemente apoyar la yema de mis dedos sobre las teclas. Mi mirada perdida en el monitor. A mi izquierda, de refilón veo la vela y su llama danzante frente a la ventana abierta por la que entra el cantar de los grillos y la brisa que mueve la llama.

Lunes 23 hs. prácticamente. Mi última semana laboral, acostándome todos los días a las 6 am me dio vuelta por completo los horarios. La última noche, ayer, me dio vuelta el fin de semana. Hoy es sábado. Pero la noche está tranquila. Único indicio, diría yo, de que realmente no es sábado, sino lunes.

Elijo Coltrane para ambientar.

Y después de la elección, mis dedos se quedaron sin moverse por un rato. Mi cabeza se fue con la trompeta de Monk´s Mood. Pero ustedes no pueden darse cuenta de eso. En la obra acabada no aparecen, no se perciben los avances y retrocesos. No queda registro de los renglones anteriores a esto que borre. No tiene lagunas temporales. Es una sola cosa, que uno la lee de punta a punta sin conocimiento de todos los detalles que rodearon a la obra. Claro, uno lo piensa y es evidente que es una pelotudes lo que estoy diciendo. Quizá sea que uno cuando se sienta a escribir sin tener idea para que se sentó, dice pelotudeces. Pero no, no creo que sea así.

Hablando de Coltrane, hace unas horas atrás me instale pacientemente a escuchar Herencia pa´ un hijo gaucho, de Larralde. Mágico, desgarradoramente mágico. Veintisiete minutos de palabras precisas, cuidadas, buscadas todas y cada una de ellas. No hay palabras de más. Mezcla de melancolía, tristeza, dolor y esperanza. Cada idea, cada frase, cada expresión, es extraída por Larralde de la misma naturaleza. Agudo observador de cada detalle. Sus maestros fueron los caballos, los horneros, las abejas, los árboles, los arbustos. Y la dura vida del peón de campo, del trabajador de sol a sol, sin feriados, sin francos, sin aguinaldo. Toda expresado desde una terrible sensibilidad, que hacen de sus versos una enorme denuncia social. Por momentos se te pone la piel de gallina. Me falta escuchar la segunda parte, que quedara pendiente para ser aprovechada en el largo viaje en bondi a Buenos Aires que se avecina.

Lindos momentos los viajes en bondi. Suelen ser odiados, por cuestiones de tiempo y tardanzas, pero tienen su propio encanto y un lado muy positivo. Las últimas veces que fui a Buenos Aires había tenido la posibilidad de ir en avión. Esta vez opte por ni averiguar de la existencia de esa posibilidad. El viaje en colectivo permite la realización de una transición, que el avión no. En colectivo se vive verdaderamente un viaje, uno se va acercando muy despacio hacia su destino. A veces es necesario que sea así para evitar el pasaje rápido de un ritmo de vida, en un lugar determinado, a otro.


Bueno, suficiente por hoy. Me voy a comer. Sin titulo y sin etiqueta.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Las huelgas de Santa Cruz

  Entre 1920 y 1921, una serie de huelgas sacudieron el territorio nacional de Santa Cruz. El resultado final será el fusilamiento de aproximadamente 1500 peones y obreros por el ejército bajo el mando de Varela, enviado por Yrigoyen. Es interesante leer algunos fragmentos de los panfletos que emitía la Sociedad Obrera de Rio Gallegos, organizada por la FORA anarquista, y las respuestas de los representantes de la Sociedad Rural de Rio Gallegos aparecidas en La Unión;  a la luz de la lucha de clases actual.

Sociedad Obrera
“(…) sabe el público que en estos dos o tres últimos años, los estancieros obtuvieron ganancias fabulosas; que muchos de la pobreza fueron elevados a potentados en finanzas, y que no obstante al obrero se le pago como sueldos irrisorios el trabajo con que le enriquecieron. (…) Los estancieros en el transcurso de la guerra Europea centuplicaron su capital; los comerciantes mayoristas, con menos vergüenza que asaltantes de caminos, en el mismo espacio de tiempo tuvieron ganancias increíbles, porque llegaron a cobrar los artículos que tenían en existencia con recargos de “quinientos por cien”; ahora, por ley natural, toca el turno a la clase productora, exigiendo la compensación que se merecen. Comisión de Huelga, noviembre de 1920, (Comisión de Justicia, fs. 590)
Sociedad Rural

(…) Los hechos que se vienen sucediendo bajo el pretendido aspecto de convulsiones obreras, no son más que individualistas y tendenciosos, revelando en toda su magnitud el espíritu de hostilidad y prepotencia que se desea ejercer en despecho de situaciones insostenibles.
(…) ¿No son estos, datos sugerentes para que los obreros reflexionen y concuerden con nosotros y la opinión sensata de la generalidad, que inconscientemente están sirviendo causas extrañas al proletariado? (…) Por el contrario de lo que hoy pasa, deben buscar afinidad con el capital, solventando sus cuestiones en forma pacífica, desde que, siendo fuerzas concomitantes, en la lucha cotidiana obtendrán así mayores beneficios.
(…) Debido a la agitación obrera que de un tiempo se viene sintiendo si causas aparentemente justificadas, la policía abrigaba sospechas de que confundidos entre los obreros existían elementos perturbadores que celebraban reuniones sin conocimiento de la autoridad (…) La Unión, 21/10/1920, pág. 5

  En resumen, los peones y obreros son completamente conscientes de que estancieros y comerciantes se enriquecieron enormemente durante la guerra, gracias a la enorme demanda de lanas y sus altísimos precios, por sobre todo. Factor que los llevo también a la especulación y la acumulación de stock a la espera de mejores precios aun. Estos se vieron derrumbados finalizada la guerra y la demanda sesó. Y los que estuvieron años enriqueciéndose y especulando con los valores de la lana, ahora quieren descargar la crisis sobre los trabajadores, con bajísimos salarios y despidos. Los trabajadores organizados entran en huelgas masivas, apoyadas por los peones de campo, obreros urbanos y portuarios. Frente a los legítimos reclamos de la clase trabajadora, la Sociedad Rural opta por el llamado a la “unión con el capital” para el “beneficio” de ambos,  al tiempo que aparece en su relato el “elemento externo”, los perturbadores ajenos a las causas obreras que solo quieren el caos social. Como si ellos no fueran, como pilar fundamental de sostenimiento de este sistema, los responsables de ese caos social del cual se desligan.
¿Por qué ese trágico final, entonces? Como bien percibe Susana Fiorito, autora de Las huelgas de Santa Cruz, la masacre de la Patagonia no fue una “aventura autoritaria”, ni un “trágico error”, ni un “exceso”. Los huelguistas se habían agrupado en campamentos esparcidos por el territorio nacional de Santa Cruz, estaban armados, tenían sus propias leyes, y discutían y votaban todo en Asambleas. La masacre de la Patagonia fue “la manifestación objetiva de que cuando la lucha de clases trasciende ciertos planos, las instituciones –gobierno, ejercito, policía, justicia- trasgreden la formalidad de sus propias leyes, acudiendo a la violencia para preservar las bases mismas del sistema”. (Susana Fiorito, Las huelgas de Santa Cruz, CEAL, 1985)

En días en que a las luchas de los trabajadores se les pide la “unidad nacional”; que se sigue acusando a “agentes externos” y “perturbadores” infiltrados que solo quieren el caos social; en que el gran capital, luego de enriquecerse durante los últimos diez años, quiere descargar la crisis, otra vez, sobre los trabajadores; las huelgas de Santa Cruz de 1920 y 1921 no pierden vigencia, tampoco sus reclamos.