lunes, 6 de enero de 2014

Historias Minimas

  Soy de pocas palabras, soy consciente de ello y lo reconozco. Demasiado pocas, quizá, para algunos. Mudo, exageradamente, para otros. Pero hay gente con una enormísima capacidad para hablar, sacar, inventar o asociar temas cuyo vínculo tienen tanto en común como el que puede llegar a darse entre una hormiga colorada y Júpiter. El porqué de esta necesidad de ciertas personas de hablar y hablar sin parar asociando lo inasociable con valla uno a saber qué fin, nunca lo entendí. 
  Una de las opciones, y la más clásica, es la soledad. Pareciera ser que gente que está sola, o vive sola, en cuanto se cruza con alguien necesita descargar horas de lengua que no descarga a lo largo del día. Casi como una cuota necesaria de habla. “Ayer no hable con nadie, así que hoy al revistero le cuento mi infancia trágica”. Pero no. No creo que la soledad sea la culpable (quizá lo sea en algunos casos) ni que sea algo consiente.
  Arriba dije “una de las opciones es…”, pero ahora caigo en la cuenta de que no tengo otras opciones al alcance de mi mano. (Entre el párrafo anterior y este estuve unos minutos mirando la pared frente a mí, con aires meditativos, pensando a este respecto. Y así fue que no se me ocurrió ninguna otra. La araña de mi ventana está más viva que nunca, quizá el aire frío que entra la despierta. Al menos a mi me despierta. Traigo a colación a la araña porque es otro de mis puntos en que centro la mirada mientras reflexiono lo que escribo. Ah, y porque ya apareció en otra narración anterior, y quizá más de uno se quedo pensando en ella. No se preocupen, está ahí, en perfectas condiciones. Puede que un tanto enojada porque limpie parte de su tela que ya estaba invadiendo mi territorio).
  Hoy me cruce a la almacenera que esta frente a mi casa. Una señora mayor, oriunda de Cachi. Recién tengo 6 noches dormidas en este nuevo hogar (con un intermezzo de semana y media que pase en Buenos Aires por las fiestas) y prácticamente me conozco vida y obra de Doña Clara. Y cada vez sospecho más que Doña Clara se conoce vida y obra de cada persona de esta cuadra, tal vez del barrio. Excelente persona, por demás amable y con la buena voluntad de ayudar al necesitado. Primer día de mi estadía, que requería una profunda limpieza en una casa que hace más de seis meses que no se usaba, me prestó su escoba y haragán a tal efecto. Ahí mismo comenzaron los relatos de su vida, lo cuales continuarían, a la noche siguiente, cuando cruce a comprar una cerveza para matar el cansancio de la mudanza.
  Ya sabía por qué se fue de Cachi, por qué no volvería, a qué se dedica, qué estudio y dónde trabaja cada uno de sus hijos, quienes vivían en el barrio en sus orígenes, quienes habitaron la casa a la cual me estoy mudando (ese dato sí que me interesaba, la energía de los moradores quedan en sus moradas, por eso es importante saberlo, pero merece relato aparte) y alguna otra cosa más que no recuerdo en este momento. Todo eso, con lujo de detalles, en la compra de una cerveza, un aceite, unos bizcochos y un jugo. Es decir, cuatro visitas. Y si no tengo más información o mas historias es simplemente porque siempre llegaba un punto en el cual aprovechaba una pausa de respiración entre una historia y la siguiente para despedirme. Que no se mal entienda, puedo escuchar durante horas a alguien contándome sus problemas o vivencias, pero cuando cruzas a comprar un aceite para cocinar porque se te acabo el que tenias, tampoco te podes colgar eternamente.
  El día de hoy, tras la ausencia festil, me encontré con Doña Clara. Tras el protocolar saludo nos comentamos mutuamente como pasamos las fiestas. Yo, como siempre, en dos palabras le resumí todo. Ella me cuenta que para navidad fue a una casa de campo con la familia, y para año nuevo, también con la familia, se juntaron todos en San Luis. Yo escucho. De San Luis no volvió hacia aquí esa noche, se quedo a dormir y volvió al día siguiente. “Está bien, hay que tener cuidado esas fechas en las rutas”, es todo lo que comento tras largos minutos de silencio de mi parte. “Ay sí, no quería volver esa noche porque hace diez años…”. Y lo presentí, se venía una historia larga, trágica, la cual no podría frenar bajo ningún concepto, bajo ninguna excusa. Y así fue, una historia trágica, con lujo de detalles, que le cambiaba la cara y cristalizaba los ojos a medida que avanzaba. Y como un poste, con una bolsita de pan que venía de haber comprado, yo escuchaba.
  Estaba en Buenos Aires. Enero. Se casaba el hijo a principios de febrero. Su cuñada la invita y le insiste que debían ir juntas a la celebración de la virgen de San Nicolás. Ella acepta. El hijo le dice que no puede, que faltan muchas cosas por hacer para el casorio. Ella rechaza. La cuñada la convence. Después juntas harían todo lo que faltase para llegar al casorio a punto. Se tenían que encontrar en algún lugar de la ciudad. (Un vecino devuelve un envase de Coca Cola). Doña Clara con su hijita de dos años, del otro lado venia el Falcon de la cuñada, con otras dos cuñadas y su concuñado. La madrugada del día que debían encontrarse, se despierta Clara inquieta. A las 5 de la mañana les avisa que no va a ir. Esa mañana, desayunando con su familia y Crónica TV encendida, aparece un accidente en las noticias. (Un remisero le pide queso sanguchero. No tiene.) Un auto perdió el control y se salió de uno de los cruces de autopista, cayo arriba de un Falcon en el que viajaban cuatro salteños. Fallecieron todos. La Susanita, el puqui, la lu y no recuerdo el cuarto nombre. Todos. Llama a la policía para avisar que los conoce. Debió ir a reconocer los cuerpos. Comienzan los detalles. Estaban prácticamente irreconocibles, aplastados por el otro auto. Que a una se le incrusto el volante en el pecho. Que el puqui salió volando hacia la banquina. (Una pareja caminando frena a comprar jugo Citric. No tiene. “Ahora todos me piden ese jugo, antes nadie lo compraba, comenta.) La lu salió volando hacia la autopista. Ojos cristalinos. Yo escucho. Bolsa de pan. Hace 10 años. Trágico accidente. Deben traer los cuerpos. Ella no puede. Se encarga la hermana. Gente circula. Pasa una ambulancia a toda velocidad. Yo escucho. Bolsa de pan. Trágico accidente. Año nuevo. San Nicolás. San Luis. Me quede a dormir. Crónica TV. Mueren 4 salteños. Todos los días. De madrugada. Veo Crónica. Mi hijo. Vive en Buenos Aires. Necesito saber. Que este bien. Crónica. Accidente. Basta.

  En una pausa, dada por ella ya que yo no me animaba a interrumpir, trato de dar un cierre a todo lo que había escuchado. Y tras una mutua reflexión le digo a Doña Clara que debo partir, mates y estudio me esperan. Y ahí metí la pata. “¿Estudio? ¿Qué tenes que rendir?”. Y en un instante, la tragedia de hace diez años parece haber quedado atrás. Y en un instante, otra historia, la de su hijo, comienza. Su hijo, que ahora es subcomisario. Que lo trasladaron a Buenos Aires. Motivo por el cual se despierta de madrugada todos los días y enciende Crónica TV. Había tenido que rendir historia Argentina del siglo XX. Y ella le había dicho que era difícil. Todo lo que paso en ese periodo. Tantos problemas. Y las dictaduras. Por suerte tengo unos libros viejos bien resumidos. Se los llevó cuando tuvo que rendir para estudiar. Están las fechas importantes y lo que paso. Argentina siglo XX. Bien difícil. Trágico accidente. Crónica TV. Año Nuevo. San Nicoluis. El pan. Los mates. La ambulancia. El barrio. El almacén. Cachi…

sábado, 4 de enero de 2014

Larga vida al libro

  Hace unos días charlaba con mi hermano con respecto a lo digital y lo analógico. Más específicamente, buena parte de la charla se fue en torno al debate sobre si lo digital iba a hacer desaparecer o no al libro. Kindle vs libro, podríamos decir. No es un debate en absoluto nuevo, en lo más mínimo. Pero a medida que transcurre el tiempo vemos que el libro está librando una importantísima batalla, la cual, a mi modo de ver, viene ganando. O quizá, se podría pensar que tan solo estira su agonía, resistiendo tercamente. Mucha gente está convencida que tarde o temprano, el libro va a desaparecer, cumpliendo, así, la profecía de Ray Bradbury.
  Desapareció el casette. Mismo destino parece estar siguiendo el CD. Y si nos remontamos más atrás en el tiempo, podemos hacer el itinerario completo de los distintos soportes por los que fue atravesando la música. Y ahí aparece ante nosotros una diferencia radical, la diferencia que puede ser la culpable de que se estire la agonía del libro frente al implacable avance tecnológico.
  La música siempre necesito de un soporte - intermediario y de un reproductor de ese soporte. Y ahí, considero, está la clave del asunto. Frente a esta realidad, el libro se erige tanto como soporte, como reproductor de ese soporte. Expliquémonos mejor. Está claro que el libro en sí, el libro físico, no lee su contenido. Lo que quiero decir es que entre el libro en tanto soporte y su usuario no se necesita un tercero, un agente externo que cumpla el rol de reproductor, como si ocurre con la música. Compro el libro, y así como lo compre, lo leo. Se acabo el asunto. Con la música es bien distinto. Se necesita de la fuente, el soporte, y de su respectivo reproductor.
  Que tal o cual formato, que mejora o empeora el sonido, que sonido dolby, sorround o estero, etc. Son todos problemas que no tienen parangón en el libro. Siempre fue el mismo soporte, puede variar tamaño, calidad de hoja y de impresión, pero el soporte en tanto concepto es exactamente el mismo.
  De aquí se deriva, creo yo, que no se pueda establecer la comparación entre lo que ocurre con la música digital y con los libros digitales. La rápida pérdida de protagonismo y muerte casi asegurada del formato CD no funciona a modo de fundamento para asegurar la muerte del libro en manos de su enemigo abstracto. Lo cual tampoco significa que no pueda llegar a morir. Pero lo acontecido con la música no es pauta de ello.
  Creo que esa diferencia brinda una enorme vitalidad a favor del libro. Pasarlo a formato digital, a pesar de todas las ventajas que pueda llegar a tener, tiene una desventaja fundamental: agrega un tercero que nunca antes había existido en relación con el libro. Y así como suma el tercero – reproductor de ese nuevo formato – soporte, comienzan a entrar en juego nuevas variables ajenas a su par analógico: los formatos, las calidades, la luz-pantalla, batería, conexión, etc. Toda tecnología nueva que aparece para el consumo masivo busca por sobre todas las cosas simplificar y brindar mayor comodidad. Esto último o lo empata o lo gana por muy poco el formato digital, teniendo como base ciertas variables que pueden ser muy controversiales (peso - volumen por sobre todo, las que, considero, no molestan a todo el mundo por igual). En cuanto a la simplificación, lejos esta de simplificar la relación directa, sin intermediarios, sin necesidad de reproductores o lectores externos que caracteriza al libro. Es el libro y el lector, el lector y el libro. Uno siente que tiene lo que está leyendo entre sus manos. Lo percibe en su peso, en su volumen, en su olor, en las páginas que van pasando. Y todo eso permanece aun cuando lo cierro. Y aun todavía cuando se lo coloca en la biblioteca. Uno ve el lomo y sabe todo lo que está contenido ahí, todo lo que esta ocurriendo en esas páginas. Basta abrir y elegir una al azar para revivir todo su contenido latente. En contraposición, cuando lo apago, o se corta por falta de batería, el Kindle vuelve a ser un artefacto inerte. No carga el peso real y voluminoso de cientos y cientos de historias. Está destinado a vivir como un parásito de esos instantes en que su pantalla está encendida. Su lomo no dice absolutamente nada. No porta narraciones, aventuras, historias, ensayos, poemas. No porta vida, porta ceros y unos.
Larga vida al libro. Salud!

viernes, 20 de diciembre de 2013

El ser, la nada y la araña

El deber ser, o el no ser nada. Parece ser: todo, o nada. Maldito deber ser. ¿y quién te dice que es lo que debes ser? Se pueden ser cientos de cosas, incompatibles entre sí, y no ser nada. ¿Eso es el deber ser? Quizá tu deber ser es, justamente, no ser nada. Es decir, no ser nada pero no en los términos en que hoy entendemos el no ser nada. Siempre se es algo, guste o no. Una araña se mueve tranquila por mi ventana. Claro, meses y meses de completa libertad (no es que no la siga teniendo, sino en el sentido en que nadie habitaba este lugar), y ahora estoy yo, ocupando esta habitación, debatiéndome entre aniquilarla o dejarla tranquila con su vida. La araña es lo que debe ser. Es araña. No tiene ese debate interno, ¿soy araña o trato de ser ciempiés? Nono, nada de eso, es araña y punto. Magnifica araña, creadora de increíbles y perfectas telas. Pero no tiene opción. Lo que hace lo hace a la perfección, pero sin opciones. Que dilema, cuando aparecen las opciones. Quizá a veces parecería ser más fácil que de fábrica a uno le digan, bueno, vos vas a ser: cantante. Listo. Uno no tiene ningún conflicto y ya sabe que es lo que va a ser. Al carajo. Pero no. Lejos esta de ser tan fácil. Por suerte. O por mala suerte, depende de cada uno. ¿Se puede ser lo que se quiere hoy en día…? Mmm… no me animo a dar ninguna respuesta. Difícilmente, creo. La primera preocupación de uno es poder subsistir. Es decir, conseguir dinero a costas de su fuerza de trabajo. Después veré si es lo que me gusta. En cambio la araña, que no sé donde se metió ahora, no tiene ese dilema. Es araña. Vive su ser a la perfección. No tiene que vender su fuerza de trabajo. Pero no tiene opciones… Ahhhh que tema. Poder elegir. Poder proyectar que es lo que va a ser antes de que sea… Y ahí vuelve el problema… ¿Qué es lo que quiero que sea?
  La araña entra y sale de su cueva (la ranura de la ventana corrediza). Què es lo que la lleva a este accionar, no tengo ni la más remota idea. Lo curioso es que probablemente ella tampoco. Desde el primer día que llegue acá, se que ella está ahí. Pero curiosamente, por algún motivo durante el día ni se asoma. Ahora que es de noche sale a corretear. Detesto las arañas. Es decir, me parecen un ser increíble. Sigilosas, rápidas, perfectas arquitectas, pueden construir y deshacer su propio universo. Pero tienen algo, que no puedo describir ni se expresar, que me hacen alejar de ellas. Tengo un pacto implícito. Del perímetro de mi casa hacia afuera. Si las encuentro fuera de ese perímetro, las dejo seguir su camino. Dentro del mismo, las mato. No me gusta llegar a eso, pero siento que no tengo otra opción. Y siento que ellas saben de este pacto implícito. Con esta araña en particular, no sé qué hacer. Se encuentra viviendo exactamente en el borde de la frontera. Frontera para mi, a ella le da lo mismo. Pero la cuestión es que el nuevo, acá, soy yo. No se hace cuanto estará viviendo aquí esta araña, pero seguro antes que yo.
  ¿Y si uno tenía la posibilidad de ser cientos de cosas, pero por cuestiones de sistema solo puede quedarse con una? Por ende, estaría dejando de lado muchísimas cosas que podría haber sido por la simple razón de que las necesidades (dinero) a uno lo apremian y no puede andar jodiendo por ahí toda su vida. O te decidís rápido o el tren arranca sin pasajeros. Maldición.
  Quiero tomar este tren y el que va pa el otro lado. Imposible. ¿A si? Me cago en esas normas. Bueno, uno tendrá que asumir las consecuencias después. Y si, no queda otra. Se pasa el tren o se pasa la vida. A veces se pasa el tren y la vida. La vida arriba de un tren, esa es otra opción. No literal, metafórica.
   Ya lo dijeron, señoras y señores, bienvenidos al tren!!! Ahí apareció la araña. Andaba haciendo aracnideses. Es decir, de las suyas, sin cuestionarse mucho y sin preocuparse por el dólar paralelo. Que fácil seria, ¿no? Aunque le quitaría mucha adrenalina a la espera en el andén. “A Tigre por favor”. “¿Ida y vuelta?”. “Nono, solo ida (después veré que hago)”. No es que valla hacia aquel lado por algún motivo, pero que mi llegada sea a un lugar que se llama Retiro, no me agrada. Así que enfilemos para Tigre. Así son las decisiones de la vida. ¿Tal o cual carrera? Y… aquella tiene esa materia que no me llama ni un poco, así que mejor me meto en esta. Y así se cerraron las puertas empresariales de vida licenciosa y acomodada. Cagate. “¿Pero vos que querías?” Quería lo que elegí, pero cagate igual. Es como preguntarle a la araña porque se detuvo, casi congelada, con tres patas sobre uno de los barrales de la reja y el resto sobre el dintel de la ventana… Y ahí está. Inmutable. Valla uno a saber por qué. Lo único que espero es que cada uno de nosotros sepamos porque carajo estamos con tres patas sobre el barral de una reja, congelados. O no. Pero que lo sepamos al fin.
  La araña se movió. El espiral se consume. Calculo que gracias a él (y a la previsión y proyección que nos diferencia) es que, por el momento, no me jodieron los mosquitos. Malditos mosquitos, esos sí que saben hacer aquello para lo cual vinieron. Romper las pelotas. Ah, me olvidaba, también para almacenar la sangre de los dinosaurios y poder revivirlos cuando nos aburramos de nuestra tristísima realidad. Así tenemos algo a lo que enfrentarnos. De en serio. A la araña la mato de un zapatazo, o con un spray matarañas y todas las alimañas del jardín. Ahora, te quiero ver si en tu jardín se metió un velocirraptor. Ja, que divertido se pondría, ¿no? Pruebe el nuevo Raid Anti velocirraptores. Seguramente aparecería, ninguna duda.

  Bueno, me voy a dormir. Un brindis por la luna y la araña de mi ventana. Salud!

jueves, 12 de diciembre de 2013

Salta Tomada

  Ayer al mediodía me encontraba en pleno centro salteño, pero sentía que estaba dentro de un cuento de Cortázar. Casa Tomada. Caminaba en búsqueda de un rapipago para pagar mis cuentas vencidas y se veía por todos lados gente corriendo. Cartones en mano se abocaban a la tarea de tapiar sus negocios. Otros empapelaban el frente en diario. Algunos atendían a través de las rejas. Cabecitas se asomaban entre ellas desde el interior de negocios ya a oscuras y miraban al horizonte, como esperando ver aparecer una de las plagas del apocalipsis. Clima extraño se vivía. Mezcla de tensión e incertidumbre. Gente corriendo, persianas que se bajaban, grupitos debatiendo sobre lo que ocurría en cada esquina. “Entraron al Mercado”, escucho decir a alguien. “Vienen por la Pellegrini”, dice otro. Entro a un negocio, y en la fila se repetía la misma escena. Tres viejas atrás mío opinaban: “Ya pasaron por un Free Shop, se llevaron todo”. “Son todos vagos que no trabajan, no saben lo que es levantarse temprano para ir a laburar”, opina otro. La Plaga avanzaba hacia el centro de la ciudad de Salta desde todos los flancos. Estábamos rodeados. “Vi un grupito de pibes con mochilas en la otra esquina”, dice alguien al pasar. El rapipago me cierra la puerta en la cara y baja la persiana. “Mierda –pienso- tengo tres facturas vencidas que pagar”. Vuelvo a mi moto y salgo a toda velocidad hacia otro rapipago. Tenía 20 minutos para llegar antes de que cierren (si no es que ya cerraron por la Plaga) y para escapar de esa entidad abstracta, amorfa y peligrosa que venía arrasando todo en su implacable camino hacia el centro salteño. “Mi primo es policía, se están acuartelando en la comisaria”, escucho antes de partir.
  Llego al nuevo rapipago. Estoy a tiempo. “Mierda”… persianas abajo… estaba llegando la Plaga también en ese barrio. Justo antes de pegar la vuelta, llego a ver la puerta del costado abierta. Me asomo por ahí. Logro que me cobren, en el momento exacto en que la dueña entraba: “Hay que cerrar ya, me acaban de llamar que entraron a un pagofacil”. La Plaga seguía avanzando. Ya no quedaba rincón en el que moverse. Todo parecía que iba siendo tomado por la Plaga. “Tengo que llegar a mi casa antes de que me agarre”, pienso. ¿Por qué calle volver? ¿Me topare con ella? Tomo coraje y arranco. El mismo camino que hice siempre. Todo normal, nada extraño. “Debo haberla esquivado”, pienso.

  Pero no quera mirar hacia atrás. A toda velocidad llegue al barrio. Dejo la moto, subo corriendo los tres pisos que llevan a mi departamento. Abro la puerta y la cierro rápidamente. Pongo llave y el seguro. Llegue. Justo a tiempo. Según mis cálculos, a esta altura, Salta ya había sido Tomada.

sábado, 20 de julio de 2013

YPF

  En junio de 1922 nacía la primera empresa estatal de explotación petrolífera del mundo, Yacimientos Petrolíferos Fiscales, YPF. La explotación petrolera hacia su ingreso al debate político nacional a partir del nuevo escenario brindado por la situación mundial, el cual había sufrido grandes modificaciones. Desde este momento y hasta el presente, la explotación de hidrocarburos será un recurso económico estratégico y clave para la reproducción del sistema. Pero el debate en torno al petróleo reabría un viejo problema que había atravesado gran parte del siglo XIX: el autonomismo y el federalismo; conflicto encarnado ahora por las provincias de Salta y Jujuy enfrentadas al estado nacional.
  Designado el General Mosconi en la dirección de YPF al poco tiempo de su creación, será uno de los principales impulsores de la reforma del Código de Minería de 1886, el cual dejaba en manos de las provincias el derecho a entregar concesiones al tiempo que restringía la participación del Estado. Del lado de enfrente, se alzaban las voces de los principales diputados salteños, quienes defendían la autonomía de la provincia para disponer de sus recursos frente a lo que creían un avance del estado sobre sus recursos provinciales. Pero Salta y Jujuy no estaban solas. Por detrás se asomaban los intereses de la multinacional estadounidense Jersey Standard Oil Company, una de las 34 “hermanas” en que se había fragmentado la Standard Oil en 1911 tras la aplicación de la Ley Anti-Trust; las cuales se encontraban en una competencia mundial por controlar los recursos petrolíferos frente a la anglo-holandesa Shell.
  En este contexto, Mosconi consideraba la creación de YPF como momento clave para romper con los trusts estadounidenses e ingleses y así lograr “la independencia económica de nuestra América”. YPF trascendía el marco de acción restringido hasta entonces a los territorios nacionales extendiendo su accionar a las provincias. La intencionalidad de fondo era claramente limitar las concesiones que las provincias norteñas estaban entregando a la Standard. Hacia 1924, las explotaciones de la multinacional estadounidense en la provincia aun no habían comenzado, pero ya acaparaba 536 concesiones por más de un millón de hectáreas.
  El proyecto de reforma del Código de Minería, el cual establecía la expropiación de todas las concesiones en manos de empresas privadas, fue aprobado tras un largo debate en 1927. Pero el Senado, reducto conservador, hizo lo necesario para estancar el proyecto y que nunca entrara en vigencia. Estando encajonada en el Senado, sobrevendría el golpe del 6 de septiembre de 1930 del General Uriburu, salteño.  Argentina se hacía eco de la lucha mundial de los trusts petroleros.
  Finalmente, en 1935 se promulgara la primera ley organica del petróleo, pero con unas variantes no menores. El petróleo quedaba en manos de propiedad nacional o provincial, según donde esta se encontrara, lo que olía a triunfo salteño y de la Jersey Standard Oil. El contrapeso de la ley estaba dado en la posibilidad del estado federal de pactar con las provincias convenios de exploración y explotación, antes circunscripto a los territorios nacionales. El territorio salto-jujeño quedaba convertido, así, en campo de lucha entre la Standard e YPF.
  Más de 90 años después de la creación de YPF para frenar el avance de las multinacionales estadounidenses, el conflicto no solo continua, sino que además se agraba. Enmarcado en una supuesta estatización de la petrolera, hoy es el mismo gobierno que se dice nacional y popular quien entrega traidoramente la explotación de los principales pozos de hidrocarburos a la estadounidense Chevron, una de las 34 empresas petroleras en que se escindió la Standard Oil Company en 1911, es decir, hermana de la Jersey Standard Oil, aquella contra la que se había erigido YPF como primera empresa petrolera estatal del mundo.

Fuentes:
Benclowicz José Daniel, Aportes para la historia del norte de salta. conformación y desarrollo de las localidades de Tartagal y General Mosconi durante la primera mitad del siglo XX
Favaro, Morinelli, La intervencion del estado en la industria petrolera
Palacio Juan Manuel, La antesala de lo peor, la economia argentina entre 1914 y 1930


domingo, 12 de mayo de 2013

El brillo

  Hay algo que brilla. Lo veo desde mi ventana con la vista vuelta al norte. Un valle que se pierde entre el flanco de dos cerros. Apenas un hilo de agua se distingue en su centro. Pero allá  lejos, veo algo que brilla. Intento forzar la vista, distinguir algo, por mas mínimo que sea. Pero nada, imposible. La Caldera, calculo para mis adentros. A esa altura debe estar La Caldera. Aunque ese detalle no me ayuda mucho. Siempre miro por mi ventana en la misma dirección y es la primera vez que me doy con este brillo. Desde que me instale en este departamento hace poco mas de un mes, cambio la perspectiva de todo. Y no solo por estar en el 3º piso. Cambio el espacio, cambiaron los caminos, los recorridos, los tiempos, los almacenes, la gente, y tantas otras cosas. Antes mi mirada no se perdía  o al menos no en el horizonte. El cerro 20 de febrero y sus antenas se interponían entre esa linea y mi cuelgue en la nada. Así que el punto en el que me perdía era otro.
  Los horizontes tienen algo atractivo. Y no hablo metafórica ni simbólicamente  Atraen, siempre me atrajeron. Sentarme frente al mar en las vacaciones a mirar durante horas esa linea inexistente que separa un punto inexistente. El horizonte. Irreal copulación de cielo y tierra. Vuelta a los orígenes.
  Pero algo sigue brillando. El libro descansa en mis rodillas, ese punto indescifrable se volvió mucho mas interesante, aunque no se porque. Esa intriga por lo desconocido, por lo lejano. Y la hipnotizante perspectiva  de todo un barrio, valle, cerros y horizonte que tengo desde mi nueva ubicación  Y sobre todo ese horizonte, ese amado horizonte que me robaron los cerros.
  Quizá sea eso. Ese punto insignificante que brilla entre mi existencia y esa linea inexistente son solo el anzuelo que tiende el horizonte para que vuelva hacia él. El brillo me atrae, pero mi mirada se pierde mucho mas allá. 
  Vuelvo al club, vuelvo al río  vuelvo a la pesca, vuelvo a los mates, a las cervezas, a los 13, 14, 15, 16 años... Vuelvo al faro que brilla perdido en medio del río y la noche entre mi existencia y la inexistencia del horizonte. Y el tiempo se dobla, retorna, me visita y se va. Espiral. El espacio se plega y mi horizonte de río es ahora apenas un corte de Valle entre los cerros que se esfuerzan por cerrar el paso a la vista infinita. El faro, un punto indescifrable, incognoscible, inalcanzable que brilla perdido en un mar de rocas al mediodía; la orilla, el dintel de mi ventana. 
  Y así me encuentro en mi mas profundo ser situado en un espacio liminal, visagra de dos realidades ontológicas diferenciadas, dos dimensiones espacio temporales que solo tienen existencia en mi existencia.
  El sol en su camino deja de alimentar el brillo. El amanecer apaga el faro. Me alejo de la ventana y retomo mi lectura. Levanto los envases vacíos y emprendo el regreso a casa.

sábado, 20 de abril de 2013

Noche


  Anoche, en una tranquilisma jornada laboral, y gracias a la magia del Kindle, comencé a inspeccionar en la obra poética de Artaud. Y en eso andaba cuando me di con Noche, el cual me partió la cabeza.

Noche
Por Antonin Artaud

Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana
nos revela una mujer desnuda.

En los odres de las sábanas hinchadas
en los que respira la noche entera
el poeta siente que sus cabellos
crecen y se multiplican.

El rostro obtuso de los techos
contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos
la vida es una pitanza profunda.

Poeta, lo que te preocupa
nada tiene que ver con la luna;
la lluvia es fresca,
el vientre está bien.

Mira como se llenan los vasos
en los mostradores de la tierra
la vida está vacía,
la cabeza está lejos.

En alguna parte un poeta piensa.
No tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande,
el mundo está atestado.

En cada aposento
el mundo tiembla,
la vida engendra algo
que asciende hacia los techos.

Un mazo de cartas flota en el aire
alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos
y de las pipas de la tarde.

En el ángulo oblicuo de los techos
de todos los aposentos que tiemblan
se acumulan los humos marinos
de los sueños mal construidos.

Porque aquí se cuestiona la Vida
y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos
de la asamblea aerea.

El Verbo brota del sueño
como una flor o como un vaso
lleno de formas y de humos.

El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara
en los cráneos vitrificados.

El areópago ardiente de los poetas
se congrega alrededor del tapete verde,
el vacío gira.

La vida pasa por el pensamiento
del poeta melenudo.